lunes, 28 de diciembre de 2009

La Aldea de San Nicolás: ¡¡Vamos a ver La Presa!!

Rebosamiento de la presa El Caidero de la Niña

¡Vamos a ver la Presa! Éstas eran las palabras mágicas de que algo grande iba a suceder, allá por los principios de los sesenta. El dar noticias sobre los metros que había subido, las azadas que entraban, la pena por las aguas que, procedentes de Tiffaracás y Pino Gordo, se iban al mar, eran el “parte” verbal que con una curiosidad especial atendían los que no se atrevían a subir, San Clemente arriba, hacia El Caidero de La Niña.

Sólo se subía hacia la gran obra de ingeniería de los cincuenta, en jeep o en camión. Las dificultades por la estrechez de la polvorienta carretera y los estragos de la lluvia no eran problema para aquellos que como mi padre, Tito Ramírez, y mi cuñado Pepe del Pino, con su tomavistas, utilizando el viejo Austin G.C. 10.112, verde, de chasis corto, no dejaban de ver, grabar y, sobre todo, contar a la vuelta sus cálculos que nadie se atrevía a refutar.

Presa de El Parralillo

Para mis siete años, era una gran aventura, han quedado en mi memoria sensorial las historias que me comentaba mi padre sobre el nombre del embalse. Me contaba, que le contaba su abuelo Tomás, que una pastorcilla que cuidaba del ganado, cayó en uno de los caideros que actualmente está dentro del vaso de la presa. La historia de una extraña planta que a lo largo de la carretera llamaba mi atención y que se resumía en un: Son algodones que fulanito plantó hace muchos años, o la sensación de ver las pequeñas hierbas blancas que, al desplazar una vieja botella o una abandonada lata de sardinas, crecía debajo de ellas sin su necesaria función clorofílica. Lo que no cambiaba nunca eran: las imágenes de Pepe del Pino, el probar el agua en un manantial colindante con la carretera, la descripción del reboso comparándolo con un encaje y de las naranjas que, sin olvidarse, siempre recogía en El Puente y colocaba en la caja delantera del camión. Eso, si no les daba a los dos por ir a “firmar unas letras” en algún bar de Acusa o de Artenara, ya que Ramírez tenía siempre en su boca: Vale más un gusto que cien pesos.

¡Cuánto ha cambiado la imagen! Pero qué agradable es recordar los buenos momentos y las aventuras infantiles, cargadas de inocencia, sueños e ilusiones.


Ezequiel Ramírez


Autor del libro "El fajín rojo"

domingo, 20 de diciembre de 2009

Recuerdos de la Navidad en La Aldea de San Nicolás


Son muchos los recuerdos de aquellos tiempos en que celebrábamos la Navidad en mi pueblo natal, La Aldea de San Nicolás.

Desde principios de diciembre empezábamos a preparar con mi madre el portal de Belén. Íbamos de excursión a Risco Prieto a buscar rocas apropiadas para el portal. Cruzábamos el barranco Grande, el de Tejeda- La Aldea, luego subíamos por el barranquillo de Castañeta hasta llegar a la montaña elegida para la búsqueda.

Pintábamos con anilina los papeles que luego hacían de montañas, desempolvabámos las figuritas que permanecían durante todo el año envueltas en papel de periódico, diseñábamos el río, los caseríos, los rebaños de ovejas y demás elementos del portal de Belén.

Recuerdo los bollitos de anís y los garapiñones almendrados que preparaba mi madre con tanto esmero para celebrar la Navidad. Así como la cena junto a toda la familia. Estas son imágenes que quedaron grabadas en mi mente de forma indeleble y que al recordarlas me hace vivir con nostalgia aquellos viejos tiempos en que veíamos todo con los ojos de la inocencia, del amor familiar, las tradiciones y el ambiente cristiano en el que el Niño Jesús era el protagonista principal.

A las doce de la noche del 24, asistíamos con todo recogimiento y devoción a la Misa del Gallo en que se celebraba el nacimiento del Niño Dios, al término de la cual pasábamos en fila a besarlo en su rodilla, después de que el sacerdote, don José Perera o don Miguel López, limpiaran el lugar donde lo había besado el anterior.

Hacía frío durante la Navidad en el pueblo, pero era cálido el corazón de todos los familiares y amigos que compartíamos el Nacimiento del Salvador.

Son hermosos los recuerdos que conservo de la Fiesta de Navidad en La Aldea, pues de pequeños nos parecía que en sí ya el pueblo era un portal de Belén.
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Foto Noelia M. M.
Playa de La Aldea de San Nicolás
Gran Canaria - España



lunes, 16 de noviembre de 2009

Aldea de San Nicolás: El Ayuntamiento, el campo de fútbol, La Sociedad...

La Orquesta Mejías, una de las más populares de la isla de Gran Canaria en aquellos tiempos.
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Mis primeros pasos de forma autónoma en La Aldea los di en los lugares más próximos. Frente a mi casa se encontraba el Ayuntamiento. Yo veía entrar y salir gente de forma permanente. En una dependencia que daba para la calle se encontraba el Juzgado. Me asomaba por la ventana y observaba miles de carpetas apiladas en altas estanterías.

Al fondo a la derecha del pasillo central del edificio municipal se encontraba el cuartelillo, donde encerraban a los malhechores y frente de la pequeña cárcel había un pozo con una puerta desvencijada. Cierto día logró escaparse un preso que se encontraba ebrio, le dio una patada a la puerta del pozo y, creyendo que era la puerta de la calle, se dispuso a correr presuroso, pero cayó, con tan buena suerte que quedó enganchado en la bomba. Gritó como un descosido hasta que fue sacado, lo curaron y lo metieron otra vez en el cuartelillo hasta que se le pasara la borrachera.

Cerca estaba situada la barbería de Antonio Ojeda. Era el lugar de reunión de vecinos y amigos. Allí se hablaba de todos los cuentos y otras historias que se producían en el pueblo. También era el lugar donde podíamos leer la prensa diaria.

Un poco más arriba se encontraba el campo de fútbol. Era mi lugar preferido para pasar el día jugando con mi balón. Siempre había niños con los que jugar un partido de fútbol.

Frente del campo estaba la tienda de Blasinita y su esposo Rufo, donde comprábamos chucherías y cuentos, como los de El Capitán Trueno, con Crispín y Goliat. Cada semana esperábamos ávidos para leer las increíbles aventuras de nuestro héroe.

Al lado del campo de fútbol había un edificio emblemático en el pueblo: El Centro Cultural y Recreativo San Nicolás, llamado popularmente La Sociedad.

Constaba de un salón muy grande, de unos cientos de metros cuadrados, con unas columnas en el centro de la pista de baile, un salón más pequeño para juegos de mesa, con un bar. Y en la entrada una dependencia grande de lectura de periódicos y otra que era la oficina de la Directiva.

Las primeras veces que entré fue para dar algún recado a mi padre que solía reunirse con sus amigos a jugar al dominó o al parchís. Aún recuerdo, nada más pisar la entrada, escuchar la característica voz de mi padre, sus estornudos o su estentórea tos.

Entre sus amigos recuerdo a Rodríguez y a don Pepe María. Había muy buenos jugadores, como este último. Una vez le contó a mi padre que estaba muy disgustado porque un amigo le había pedido que le devolviera “un duro”, cinco pesetas, que le había prestado. Luego prosiguió diciendo que con las ganancias de ese dinero había estado manteniendo a su familia durante bastante tiempo.
¡Duros aquellos momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial!

Nos eran muy familiares desde pequeños el encargado, al que llamábamos “Manuel el de La Sociedad” y Manolín Almeida, que era el encargado de cobrar los recibos mensuales. Éste siempre portaba su maletín negro y muy grande. En las noches de baile se situaba en la estancia habilitada para leer los periódicos, para cobrar los recibos de los que se atrasaban, muchos porque volvían de la ciudad donde trabajaban o estudiaban. Ellos dos eran personas entrañables que van ligadas a la historia de La Sociedad.

Ya de joven, siendo socio, participaba y disfrutaba mucho del juego de billar. Admirábamos la calidad de Pedro Montesdeoca, de Antonio “El Chotis” y de Antoñito Quintana (mi padre).

También participábamos de los bailes amenizados por distintas orquestas, tanto locales como foráneas, destacando la Orquesta Mejías, pues llegaban al pueblo con las últimas canciones y los mejores ritmos del momento, lo que hacía que nos divirtiéramos mucho.

A La Sociedad llegó uno de los primeros televisores del pueblo. Allí nos concentrábamos todos los amantes del fútbol para ver los partidos de la Selección Nacional o de los equipos de Primera División. Lo habían colocado donde se situaba la orquesta, en el salón-pista de baile.

En una ocasión en que se iba a celebrar el partido en el Estadio Insular de Gran Canaria, entre La U. D. Las Palmas y el Real Madrid, que se estaban jugando el primer puesto de la clasificación y el título de máximo goleador, se rumoreaba que iba a ser televisado. Todos estábamos pendientes. Se acercaba la hora del inicio, las siete de la tarde. Algunos estaban sentados en primera fila. Otros mucho más atrás, aparentando que no tenían mucho interés. En ese momento se escuchó el griterío del estadio y aparecieron los jugadores saltando al césped. Todos corrimos a sentarnos lo más adelante posible. Pero, ¡oh decepción! Se trataba simplemente de un anuncio televisivo. Y no se televisó el partido.
Todos nos marchamos cabizbajos. Algunos se fueron raudos a pegarse al transistor, puesto que no querían perderse el partido en que la UD Las Palmas se podría proclamar campeón de Liga. Lamentablemente nuestro equipo no logró su objetivo, fallando Paco Castellano un penalty que hubiera sido decisivo para el resultado final.

¡Que recuerdos aquéllos! Todavía me emociono recordando aquellos días tan felices en nuestro pueblo, La Aldea de San Nicolás.
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Si quieren saber parte de la historia de La Sociedad, les invito a entrar a esta página, escrita por Francisco J. Suárez Moreno.

Breves apuntes sobre la historia de La Sociedad.

http://artevirgo.blogia.com/2006/033103-breves-apuntes-sobre-la-historia-de-la-sociedad.-el-centro-cultural-y-recreativo.php

miércoles, 21 de octubre de 2009

Aquella calle entrañable de mi Aldea


En primer plano la casa de la Sra. Mariquita Salomé, a continuación la sala de billar de Eduvigis, luego la tienda de la misma. Y frente de éstas, La Plaza, llamada actualmente La Plaza Vieja.

Esta pequeña calle sobrevive al tiempo en mi memoria por haber sido un lugar entrañable durante mi niñez.

Yo vivía en el número 43 de la calle General Franco, frente del Ayuntamiento y del Cine Nuevo. Para llegar a la escuela caminaba unos cuatrocientos metros.

A la izquierda de la calle se encuentra la casa de Mariquita Salomé, como la llamábamos nosotros. Ya era una señora mayor amante y defensora de su casa que no quería que los niños se la rayaran, ni ensuciaran, por lo que se enfadaba mucho con los que lo hacían.

Algunas veces los niños poco respetuosos la hacían enfadar intentando ensuciarle la acera o las paredes de la casa. Como se puede observar la casa tiene en su frontis unos ladrillos labrados muy bonitos que nos llamaban mucho la atención por ser únicos en el pueblo.

Ella había alquilado una habitación grande de su casa, que daba para la calle principal, al Ayuntamiento donde se estableció la escuela de don Juan Márquez, a la que asistí desde los seis años hasta los 10 en que me inscribí en el Colegio Sagrado Corazón, con el fin de pasar la prueba de Ingreso al Bachillerato.

Los recreos los disfrutábamos en La Plaza, en la que no faltaban los juegos de pelota o juegos infantiles tradicionales. Ya de jovencitos era el lugar donde paseábamos los chicos por un lado y las chicas por otro y, al cruzarnos, ya se establecían las primeras miradas y coqueteos. Amenizaban las tardes, con música dedicada, desde la casa de la familia de Rita, en el segundo piso, frente a La Plaza, por la calle General Franco, debajo se encontraba el bar de los Ojeda.

Años más tarde asistíamos en el mismo lugar a unas verbenas espectaculares. Recuerdo que para las Fiestas Patronales venían de la isla de Tenerife orquestas de renombre. También cuando regresó a la isla Antonio Sosa, después de haber estado durante muchos años por América, con su maravilloso clarinete tocando merengue, que era una novedad en el pueblo. Tuvo una repercusión espectacular.

En la casita pequeña y blanca del fondo se encontraba la farmacia de don José Socas López.
En esta calle se cayó mi madre, debido a que se encontraba en mal estado, puesto que la tenían patas arriba por obras, cuando nos dirigíamos a la farmacia. Tuvimos que asistir a la consulta de don Paco el médico, donde fue curada de unas heridas en las rodillas. Yo era muy pequeño y me llevé un gran susto viendo a mi madre cómo se lamentaba.


La antigua plaza fue construida a un nivel superior al actual. Tenía cuatro puertas justo en el centro de cada lado. La que daba para esta calle y la del lado contiguo, siguiendo el movimiento de las manillas del reloj, eran bajas, sólo un par de escalones. Y las otras dos eran muy altas, tal vez quince o más peldaños. Tenía un precioso kiosko en el centro con varios pilares de soporte, los cuales teníamos que regatear también, cuando jugábamos al fútbol.

La Plaza, pasados unos años, seguía siendo el lugar para jugar partidos de fútbol muy entretenidos, especialmente por la noche, cuando ya todos se habían retirado a sus casas.

Recuerdo una época en que jugaba casi todas las noches con mi primo Víctor y con Carmelo el de Panchito, el chófer de Manuel Ruiz, siendo yo unos años más pequeño que ellos. Años más tarde coincidí en la UD San Nicolás con mi primo, él jugando de portero y yo de delantero.

En la casa contigua a la de Mariquita Salomé estaba la tienda de Eduvigis, la cual tenía un salón adyacente con juegos recreativos, especialmente algunas mesas de billar y futbolines. Allí fue donde aprendí a jugar al billar, viendo cómo hacían carambolas increíbles los mayores. Posteriormente continué jugando en la sala que abrió Marcelino, el primo de mi padre y en la Sociedad, donde ya competían jugadores de gran calidad como Pedro Montesdeoca, el más completo de ellos, Antonio "el Chotis" y Antoñito Quintana, mi padre.

Siempre que vuelvo a mi Aldea revivo aquellos inolvidables momentos que me dejaron recuerdos imborrables. Me emociono al recorrer las calles de mi niñez, recordando personajes y hechos que marcaron toda mi vida.

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Fotos Juan Antonio








martes, 6 de octubre de 2009

Las muñecas están tristes, falleció Purita

Purita Hernández Medina, la de la tienda de juguetes.
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Las lindas muñecas están tristes
como los siempre alegres payasos
pero todos los juguetes del mundo
la cargan en sus tiernos y amorosos brazos.

Ella ya no puede acompañarlos
no los puede limpiar ni acariciar
ni mostrárselos a los niños
que siempre se acercaban a soñar.

La tienda no se quedará jamás vacía
está llena de recuerdos y esperanza
nadie se llevará la inmensa alegría
quedará aquí y también en lontananza.
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Purita y su tienda de juguetes fueron muy populares en La Aldea de San Nicolás porque fue la primera que se abrió, y la más completa.
Muchos de los mayores tienen un buen recuerdo de aquella tienda que para los niños de la época era como un museo donde iban a recrearse y a fantasear con cada uno de ellos.
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El domingo pasado mi hermana se encontró con un señor, que de niño llamábamos Pico, después de cincuenta años, y él le recordó cómo mi madre le había regalado una pistola que disparaba un tapón de corcho, en unos momentos en que lo estaban pasando mal económicamente.
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-Me hizo mucha ilusión. Si no es por ella me hubiera quedado sin reyes. Este regalo no lo olvidaré jamás, dijo este señor.

martes, 22 de septiembre de 2009

La Aldea de San Nicolás: El largo camino hacia la democracia


El pueblo expectante a las palabras del Gobernador Civil y del Presidente del Cabildo. Los niños, jóvenes y mayores esperando buenas nuevas por parte de las autoridades. (En la foto me encuentro yo, ¿alguien me puede reconocer? Estoy en tercera fila, a la izquierda.)


Mi generación, los nacidos poco después de terminada la II Guerra Mundial, en la que España no participó activamente, porque estaba desgastada por la Guerra Civil, terminada en 1.939, y por el bloqueo de los países vencedores de la contienda mundial a que fue sometida España, nos criamos en la más absoluta miseria democrática y oscurantismo político.

.En los libros de Política nos explicaban que el Alzamiento Nacional fue bendecido por Dios en beneficio de la Patria, como un acto de salvación nacional.

Tuvimos en el Colegio un profesor, don Juan "El Pipa", que era carismático, un día nos mandó a comprar un cuaderno porque nos iba a dictar apuntes que pensábamos nosotros que nos iba a aportar un poco de luz sobre la situación política.
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Lamentablemente, el día que ya teníamos el cuaderno abierto para empezar la clase, y que estábamos muy ilusionados, se enfadó con alguien por portarse mal y nos castigó con no hablar sobre el tema. ¿Cogió miedo de tratar aquel espinoso asunto en aquellos momentos en que era prohibido hacerlo? Nosotros nos quedamos muy decepcionados.
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Recuerdo unos pocos años más tarde, siendo ya un muchacho, que le pregunté a un humilde trabajador que tenía cierto parentesco conmigo:

-Santiago, ¿es verdad que José Antonio Primo de Rivera fue fusilado por los rojos por culpa de Franco?

Éste se quedó lívido y musitando dijo:

-¡Yo no he escuchado nada! Y se marchó raudo para evitar complicaciones con la Guardia Civil..

Cuando llegaban las autoridades provinciales de visita, o algún Ministro de Franco, nos alentaban a salir a la calle a darles la bienvenida y demostrarles nuestro agradecimiento por su labor.
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Un acto increible y valeroso, que quedó en mi mente, fue cuando el señor Juan Suárez, primo de mi padre, en plena Dictadura, salió a la calle con motivo de un referéndum, protestando a gritos por la chapuza que se estaba realizando y dando vivas al comunismo. En toda mi vida nunca vi personalmente a un hombre tan arriesgado y valiente defendiendo la democracia y sus ideales, teniendo en cuenta el férreo control a que estaba sometido el pueblo.
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Intervino la Guardia Civil, pero no sucedió nada. Probablemente le "sugirieron" que se metiera en su casa.
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Más tarde, con motivo de la Promulgación de la Ley Orgánica del Estado nos pegamos a los transistores para poder captar algún atisbo de democracia.
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Yo creo que no éramos muy conscientes de ésta, pues una vez me preguntó una señora alemana si creía que había democracia en España y yo le contesté que creía que sí.
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De pequeños estuvimos afiliados a la OJE (Organización Juvenil Española). Éramos aleccionados con las normas y canciones del Régimen. No obstante eso, fuimos muy felices, puesto que salíamos del pueblo todos los domingos en el camión de la Organización, conducido por mi tío Fidel, para participar en campeonatos de diversas modalidades deportitivas. Era todo una fiesta, durante todo el trayecto nos lo pasábamos cantando y divirtiéndonos. Para todos nosotros era un auténtico premio salir del pueblo, ya que muchos no teníamos posibilidad de hacerlo de otra manera.

Posteriormente me di cuenta que no hubo democracia hasta unos años después de haber fallecido el Dictador.
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Ahora me percato de lo que es la democracia, el valor que tiene la libertad, la división de poderes y el control efectivo al ejecutivo por parte de la oposición. De ahí que esté en contra de cualquier tipo de dictadura, no importando qué ideología, ni motivaciones tuvieren.

.A pesar de no haber democracia, fuimos felices en nuestra Aldea. Sólo me pesa en el corazón no haber podido hacer nada en contra de la remodelación de la antigua Iglesia de La Aldea y de la Plaza, y de la utilización de parte de la piedra de Risco Redondo para transformarla en gravilla para asfaltar las calles del pueblo, dejándonos heridos para siempre, al Risco y a nuestra alma. En aquellos tiempos nadie osaba levantar la voz ante las decisiones oficialistas, so pena de terminar entre rejas.
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domingo, 13 de septiembre de 2009

El fajín rojo (Ezequiel Ramírez). Preludio de un largo camino

Estuve el verano pasado en La Aldea de San Nicolás disfrutando de los cálidos aires aldeanos, bebiendo de su esencia para continuar escribiendo del pueblo que me vio nacer.
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El espléndido mar besó mi piel y mi alma, aromatizó mi espíritu y dio color a inefables recuerdos de mi infancia y juventud.

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Tuve la oportunidad de conversar con compañeros de colegio y amigos en los prolegómenos del acto - homenaje a uno de ellos, Francisco Suárez Moreno.

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Entrañable fue el reencuentro con Ezequiel Ramírez. En la charla salió a relucir que había escrito un libro, El fajín rojo. Posteriormente hizo gala de su generosidad regalándome un ejemplar que me leí durante mi regreso a casa, en un vuelo de trece horas de duración, pues la historia y la forma de contarla me dejó atrapado. Mi interés por la trama vencía al cansancio y al sueño por tan largo viaje.

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Fue una agradable sorpresa la lectura de este libro, pues me hizo rememorar aquellos tiempos, en mi caso la década de los 60, cuando conocí el mundo de las trabajadoras del empaquetado de tomates que procedían de distintos pueblos de la isla.

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Algunos jóvenes aldeanos quedamos prendados de la personalidad y belleza de muchas de aquellas chicas que vivían en las cuarterías y trabajaban en los almacenes.

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El libro de Ezequiel describe fielmente la vida de aquellas mujeres en La Aldea de San Nicolás y todas sus peripecias e integración total de varias de ellas en la vida aldeana. O la huella que dejaban a la hora del regreso a sus hogares, fuera de nuestro pueblo.

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Otra importante faceta del libro es usar las palabras y expresiones populares que la mayoría están en desuso. Yo creo que el escritor ha hecho un trabajo recopilatorio muy importante y es una herencia que nos ha dejado a todos los que no queremos que mueran en el olvido.

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Yo usé con mis hijos muchas de las expresiones que escuchaba a mi abuela y a mi madre, pues de todas formas deseaba que fueran una herencia que pasara de generación en generación.

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Animo a Ezequiel a que continúe escribiendo y que El fajín rojo sea el preludio de una larga y exitosa carrera literaria.

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Foto Juan Antonio

lunes, 24 de agosto de 2009

Gran Canaria. ¡Qué bella es mi tierra!

El Parque Natural Tamadaba abarca parte de los municipios de Artenara, Agaete y La Aldea de San Nicolás.
Se extiende desde la cumbre hasta el mar. Destacan los Macizos Altavista-Tirma y el de Tamadaba.
Los acantilados de Faneque y Andén Verde besan el mar isleño con amorosa devoción
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Imponente macizo que besa el mar y acaricia el nítido cielo isleño
sinfonía de montañas que nos seduce con su mágica música.
Nuestra alma acaricia cada piedra, cada barranco y cada ladera
nos deslizamos suavemente por los imponentes acantilados
como lo hace un niño en los brazos de su amorosa madre
y llegamos a las cálidas y límpidas aguas que nos refrescan y acarician
nos bañamos y nos sumergimos hasta tocar el sagrado fondo marino
jugamos con los peces de colores que adornan nuestro mar
y quedamos extasiados ante la maravillosa obra de la Naturaleza.
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Es una magnífica basílica adornada con bellas estructuras pétreas
el templo donde se guarda toda la existencia de un pueblo noble
la catedral erigida en honor a los canarios de todas las épocas y lugares
el almogarén donde los aborígenes realizaban sus rituales y observaban el cielo
es el más grande y esplendoroso regalo que recibimos los isleños.
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Navegamos en el ferry en dirección a la isla hermana de Tenerife
y observamos a lo lejos los extraordinarios Macizos adornados por el mar azul
y que en suave declive acarician y besan el sublime mar por la Punta de La Aldea.
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Bella mi tierra, bellas mis montañas y barrancos, bello el sentir isleño.
Esta maravillosa obra del Creador la llevo prendida en mi retina y en mi alma
me acompaña dondequiera que me encuentre, es mi eterna compañera de viaje
la que me consuela, la que me sonríe y la que me atrae hacia sus brazos
cada vez que sueño y pienso en ella, y muero si estoy lejos de su esencia.
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Foto Juan Antonio
Junio 2009

miércoles, 19 de agosto de 2009

La Plaza de mi pueblo (Aldea de S. Nicolás)


Hermosa Plaza
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aviva mis recuerdos
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en mi soledad.

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Foto: FEDAC
Plaza de La Aldea de San Nicolás y procesión.
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La Plaza de mi pueblo, lugar entrañable donde jugábamos de pequeños, fue derribada y sustituida por una moderna. Lo mismo sucedió con la hermosa y antigua iglesia.
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No sabían los gobernantes de aquella época que tanto la iglesia como la plaza eran iconos del pueblo que componían las raíces y la historia colectiva del pueblo.
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Pobres gentes. Ellos creían que se podía comenzar a elaborar la nueva historia del pueblo de la nada.
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Pero no importa, ambas quedan en nuestra alma como tesoros que perdurarán para siempre.
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martes, 11 de agosto de 2009

La Aldea de San Nicolás: La Casa del Balcón y otras anécdotas

La Casa del Balcón, de Felisa; al lado, la casita-pensión de Maloles y, a continuación, la casa del curato, con un balconcito. (Foto tomada de la FEDAC.)
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En nuestro corto entorno, donde nos movíamos cuando éramos pequeños, sobresalía el balcón de la casa de Felisa. Era de madera y estaba situado justo encima de la puerta de su casa, por lo que era referencia de nuestra altura.
Al principio veíamos cómo los niños grandes saltaban y lo tocaban sin esfuerzo alguno. Nosotros, con los ojos como platos, los mirábamos asombrados, con envidia.
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Poco a poco nos fuimos aproximando hasta terminar tocándolo con la punta de los dedos. Ya podíamos considerarnos de los grandes. Entonces nos fijábamos en los pequeños que se esforzaban por tocarlo, pero aún estaban un poco lejos de conseguirlo.
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¡Cómo es la vida! Todo es relativo.
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Foto actual de la casa del balcón. Foto de Yeyo Gil. (http://yeyo.lacoctelera.net/).
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En nuestro camino hacia la escuela de don Juan Márquez, a la que asistía, a la Plaza, lugar de juegos y paseos, y a la iglesia pasábamos ineludiblemente por “La Casa del Balcón”. A veces nos parábamos a esperar a los amigos en el poyito que se encontraba en un recodo de la esquina de la casa. Allí jugábamos a la “levantada” de “estampas” (cromos). O era lugar de descanso o de charla con los amigos.

Ese poyito ya es historia, puesto que tuvieron que desaparecerlo, ya que algunos malintencionados le daban otro uso poco decoroso, pero para los que no lo conocieron, lo pueden observar en la primera foto.

Un vecino me contó que en la casita que se observa entre la casa de Felisa y la del curato existía una pensión, a finales del S. XIX, regentada por Maloles y que un extranjero que se hospedaba en ella fue asesinado para robarle, cuando se dirigía a pie hacia la capital de la isla.
Un poco más hacia abajo se encontraba la casa que fue del famoso cura Vicente, ya tratado en algún post anterior.

Una anécdota que me contó mi padre, que vivía en esa casa también de joven, fue la siguiente:

El Sr Obispo, Monseñor Pildain y Zapiain, se encontraba de visita en casa del cura Vicente. Un día de madrugada un gato empezó a maullar y era tanto lo que incordiaba que el Obispo se levantó en calzoncillos para espantarlo. Mi padre también hizo lo mismo en calzoncillos, pero dice que el Obispo no se percató de su presencia.

Otra anécdota fue que una vez se encontraban almorzando en la cocina mi abuela María, su hija Hortensita y las personas de servicio, cuando bajó del segundo piso el Obispo, que ya lo había hecho con el cura Vicente, y poniéndose las manos en jarra exclamó: ¡Vaya banquete!

Por debajo de la casa del cura Vicente vivía Farero, tío de Micaela la de la Placeta. Su ideología era de izquierdas, contraria a la de su vecino el sacerdote. A pesar de eso, cada día se echaban sus grandes parrafadas, pues eran muy amigos.

Un día le avisan que su amigo Farero había fallecido. El cura se apresuró y llegó a la casa del difunto y tomándole el pulsó, exclamó: Todavía no ha muerto, por favor, salgan de la habitación. Así lo hicieron todos.
Al cabo de un rato sale el cura Vicente y dijo: Acaba de morir.
Ocurría en aquellos tiempos que la Iglesia Católica tenía una norma que era que si alguien moría sin confesar tenía que enterrarse sin acompañamiento del sacerdote en una esquina del cementerio. Y él no iba a permitir que a su amigo se le diera esa clase de sepultura.

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miércoles, 22 de julio de 2009

La Aldea de San Nicolás: El testimonio de sus montañas

Foto tomada desde Cactualdea, en Tocodomán, La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria, España.
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Las montañas de mi Aldea adornan el paisaje, le dan un sabor entrañable, pues las llevo viendo y disfrutando de su esencia unos 60 años. Seguro que lo disfrutaron como yo mis padres, mis abuelos y el resto de mis ancestros.
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Cactualdea es un jardín donde han plantado miles de cactus procedentes de muy diversos países de todo el planeta. Es un lugar precioso, digno de ser visitado por todos los que se acerquen a nuestro pueblo.
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En el lugar donde se encuentra Cactualdea existía una finca cuyo dueño era el cura Vicente. Cuando él falleció se la donó al Obispado, pero en usufructo se la dejó a mi tía Hortensita. Allí íbamos los fines de semana con mis padres y jugábamos debajo de un árbol que llamábamos farroguero (algarrobo) y comíamos unas ricas farrogas (algarrobas).
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Al otro lado del barranco de Tocodomán se encuentra el barrio de El Hoyo, y sobre éste el pinar de Ojeda, Inagua y Pajonales, lugar donde mis abuelos tenían algunas propiedades donde cultivavan la almendra.
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Montañas de mi Aldea
esencia de mi pueblo
testigos de su historia
de su lucha y de su sangre.
Me emociono al contemplarlas
y pensar en todas sus vivencias
desde que vivían los aborígenes
y cuando llegaron los mallorquines
a fundar la primera ermita en la Playa.
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Luego arribaron los españoles
donde sufrieron una severa derrota
en la batalla de Ajódar.
Más tarde vieron cómo los españoles se repartieron sus tierras
y cómo los aldeanos lucharon a muerte por ellas.

Los nombres legendarios de La Meliana, Salvador Araújo,
Antonio el Indiano, el cura Vicente y otros valientes aldeanos
están esculpidos en las montañas de nuestro pueblo
por su valiente defensa de la tierra que les vio nacer.
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Las montañas de mi Aldea
las llevo prendidas en mi almay se la dejo en herencia,
como el más preciado tesoro, a mis hijos
y a todos los aldeanos que la defiendan con valentía,
orgullo y con un inmenso honor.
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Foto Juan Antonio

jueves, 16 de julio de 2009

La Aldea de San Nicolás: Jubilación de Francisco Suárez Moreno, Maestro, escritor y amigo

Acto de homenaje a Francisco J. Suárez Moreno en La Aldea de San Nicolás, en julio de 2009.

Francisco Suárez Moreno es amigo mío desde el día en que nos vimos por primera vez en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, cuya sede era en aquellos momentos unos salones del Ayuntamiento de La Aldea de San Nicolás. Corría el año 1.959.
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Desde niño visitaba la casa de sus padres, donde me recibían con mucho cariño. Su padre, don Francisco Suárez Oliva, Siso, era un caballero, protector y aglutinador de su familia que me trataba muy bien y a quien yo apreciaba mucho. Y Juanita, su mamá, me tenía una gran estimación, viendo lo buen amigo que era de su hijo.

Yo había estudiado en la escuela de don Juan Márquez y él en la escuela pública La Ladera, por lo que no nos conocíamos anteriormente. Estuvimos estudiando todo el Bachillerato y el Magisterio juntos, siguiendo un paralelismo en nuestros estudios, terminando en la misma convocatoria de junio de 1.967.

Por aquella época formábamos un buen grupo junto con Juan José del Pino. Cada domingo nos reuníamos en el bar de Paco, frente al Cinema X, a celebrarlo con un vinito blanco y un plato de calamares. También juntos, acompañados de nuestras compañeras de curso, realizamos el viaje de Fin de carrera a la vecina isla de Lanzarote.

Paquito y yo continuamos nuestra amistad, unidos por el amor a nuestra tierra. Cada vez que llegaba a La Aldea me llevaba a las montañas para extasiarnos contemplando el valle que forma nuestro municipio o a disfrutar de la Playa, del Muelle y del Puerto.
Cuando terminó su carrera, Paquito se estableció en La Aldea, mientras yo lo hacía en Las Palmas de Gran Canaria.

Muy pronto él se dedicó a investigar sobre la historia de La Aldea, especialmente sobre la lucha de los aldeanos por la propiedad de la tierra.

Francisco Suárez con las presentadoras del acto de su jubilación y del programa de televisión local "El Rotulador", que él dirige.

Inicialmente él investigó la historia de La Aldea, especialmente sobre la lucha de los aldeanos por la propiedad de la tierra. Después de un arduo trabajo de investigación en distintos organismos y bibliotecas locales, regionales, nacionales, y de un intenso trabajo de campo publicó el libro El Pleito de la Aldea: 300 años de lucha por la propiedad de la tierra, en 1.990. Éste es un libro sensacional que rescata la odisea del pueblo aldeano por recuperar su identidad y su tierra.
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Posteriormente publicó otros libros muy interesantes rescatando personajes, hechos y Etnografía de La Aldea. En algunos de los cuales colaboré como corrector y asesor literario, lo cual fue un placer, pues todos los libros contenían valiosa información e historia de nuestro pueblo. Lo que podría ser una lectura un poco técnica o específica de la materia, a mí me parecía una novela que me atrapaba y me hacía difícil la corrección, por lo que tenía que dar varios repasos para que no saliera publicado ningún error.

Mi amigo Francisco Suárez Moreno, Paquito el de Siso, como se le conoce popularmente en el pueblo, llegó a la edad de jubilación, después de más de cuarenta años de docencia, en los cuales desempeñó su labor con profesionalidad y con mucho amor, tanto a sus alumnos como al trabajo que realizaba.
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Por su inmensa labor rescatando parte de la historia de La Aldea que se encontraba casi perdida para siempre, y que él supo rescatar con mucho trabajo y dedicación, legándola a su pueblo, el Ayuntamiento le nombró Hijo Predilecto, al mismo tiempo que le puso su nombre a una calle.

Acompañado por su familia: su esposa, madre, hijo, hermanos y tíos en el acto de su jubilación.

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Yo, como aldeano y como amigo, le doy infinitas gracias por el inmenso trabajo realizado investigando y conservando la historia de nuestro pueblo, y por apoyar todas las iniciativas que fueran en defensa del acervo cultural y artístico de La Aldea.
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Fotos Juan Antonio

lunes, 6 de julio de 2009

La Aldea de San Nicolás: Poesía pétrea en mi corazón

Gran Canaria es una isla volcánica que data desde hace 14 millones de años.


Los macizos de Tamadaba, Altavista y Tirma, situados en el noroeste de la isla, con el Risco Faneque de 1.000 m de altitud, que es uno de los acantilados mayores del mundo; y El Andén Verde, de unos 700 m, famoso por la carretera que bordea sus acantilados y que es motivo de susto y preocupación de muchos que la transitan y de otros que no se atreven a cruzarla.

La nueva carretera, que ya está en ejecución, salvará estos imponentes macizos con túneles y puentes. Afortunadamente, se conservará la actual carretera para los que quieran admirar estos milagros de la Naturaleza.


Al final de este imponente macizo se encuentra la Punta de La Aldea, mi pueblo natal.
Pueblo de mis sueños, de mis ilusiones y de mi eterno canto.
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Cuando me sumerjo en sus aguas se deleita mi alma
y cuando observo sus montañas mi alma llora y ríe
me uno a su esencia y me emociono hasta morir en vida.
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Aguas limpias y transparentes donde me bañé
y capté sus energías que me acompañarán mientras viva
no importando si me encuentro lejos o cerca de ellas
pues las llevo prendidas en mi alma como una rosa roja a su enamorada.
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Las montañas y el mar de mi isla siempre me acompañan
es la esencia que me permite vivir lejos de mi patria
la patria que me vio nacer, la que me enseñó a amar
la sombra de la higuera, los canteros de tomateros
el camino a la playa o el paseo por el barranco
las cabras de la finca o el saludo de mi pueblo
todos los llevo enmarcados en mi alma
y cuando vuelvo a mi patria
lloro, lloro y lloro, lloro de infinita alegría
y de pena tras mi marcha,
pero contento a la espera de un próximo
nuevo y esperado encuentro.
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Fotos Juan Antonio
Junio 2009

miércoles, 27 de mayo de 2009

La Aldea de San Nicolás: ¡Por fin la nueva carretera!

La Aldea de San Nicolás siempre ha sido considerada como una isla dentro de la isla de Gran Canaria por las dificultades de acceso al pueblo. Los foráneos se quedan asombrados cuando pasan por primera vez por el Andén Verde, que es un acantilado de unos 600 m de altura que parece cortado a pico. Muchos prometen no volver a pasar por allí del susto que les ha ocasionado.
Lo más peligroso de esta zona no son los precipicios, pues todos van con sumo cuidado para no caer, lo realmente peligroso es la caída de piedras y rocas sobre la carretera, pudiendo ocasionar muchas desgracias.
Yo recuerdo, siendo un muchacho, que íbamos por el Andén Verde en el camión de mi padre a la fiesta de Santiago, que se celebra en San Bartolomé de Tirajana, y tuvimos que pasar por una masa de tierra, piedras y rocas que había caído desde la montaña. Si todo aquel material cae sobre nuestro camión hubiera ocasionado una gran mortandad, pues iban mis padres, mis cinco hermanos, algunos primos y otros amigos de la familia.
Dentro de unos pocos años esa carretera quedará en la memoria histórica del pueblo, ya que el próximo mes de julio se iniciarán las obras de la nueva carretera, que incluirá puentes y túneles para salvar el abrupto terreno. Se olvidarán los miedos al pasar por allí cuando llovía o hacía viento, que era cuando solían caer las piedras. Sólo quedará en la memoria histórica las más de 350 curvas en el tramo entre Agaete y La Aldea. Lo que ahora es un auténtico suplicio recorrer los casi 36 km, que se tarda una hora, luego quedará en unos 18 km y se tardará unos 15 minutos, en una carretera segura y muy cómoda por la que transitar.
La obra se realizará en dos tramos, el primero entre La Aldea y El Risco de Agaete, que es el más peligroso, y luego desde éste último hasta Agaete.



Cuando terminaba la carretera del Andén Verde hacía La Aldea, se podía observar nuestro bello y querido pueblo. Entonces mi padre siempre decía jubiloso: La Aldeaaaa. Ya vamos a llegar. Aunque después se tardara una media hora en bajar por la carretera plagada de curvas hasta La Playa y luego recorrer los 4 km hasta el pueblo. Esa costumbre se ha quedado en nosotros que siempre manifestamos jubilosos que ya estamos muy cerca de nuestro hogar, cuando divisamos a lo lejos el pueblo.
Durante muchos años la carretera era muy estecha y en muchos lugares sólo podía pasar un vehículo, habiendo, cada cierto trecho, un lugar donde poder estacionar mientras el otro pasaba. De tal forma que los conductores debían estar atentos para ver quién tenía que parar, para no dar marcha atrás, por lo peligroso de la maniobra.

Posteriormente ya se ensanchó la carretera, pero sin medidas de protección del acantilado de 600 m de altura.

La nueva carretera no sólo evitará el peligro de conducir por ella, sino que servirá para abrir al pueblo a otras posibilidades y mejorar las perspectivas de trabajo y de comunicación para los aldeanos. También para que los grancanarios que no han visitado La Aldea de San Nicolás, por miedo a la carretera, se decidan a hacerlo y que puedan admirar las bellezas del oeste de la isla de Gran Canaria..

Fotos tomadas de la Red.

sábado, 16 de mayo de 2009

La Aldea de San Nicolás: El mar y sus montañas siempre me acompañan

Playa de Guguy, como la llamaban nuestros abuelos (hoy conocida como Güi-Güi). Aldea de San Nicolás, provincia de Las Palmas, España.
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Las montañas y el mar de mi isla me mecen en mis sueños. Yo vuelo hacia ellos y me impregno de su esencia.
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Recorro las hermosas playas donde desde pequeño jugaba con sus olas y me revolcaba en su arena. El mar me seducía y llenaba mi alma de vivos colores y de la magia y del aroma que nunca me han abandonado.
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El mar es poesía
el mar es arte
el mar es alegría
quiero amarte
mar de mi vida.
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Recorro las montañas en sueños de atardecer. Inicio el camino en el barrando de La Aldea, camino plácidamente en dirección a Los Cercadillos. Me saluda a lo lejos la Cueva del Mediodía, luego El Molino de Agua y el Caidero El Rabo Ratón, soñando con las lluvias para poder lucir en todo su esplendor. Continúo por el camino hacia las presas. Es un estrecho barranco donde las montañas forman un poema pétreo lleno de extraordinarios silencios musicales que inundan de emoción mi alma.
Regreso con el corazón lleno de intensos sentimientos y emociones.
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Yo continúo soñando cada día en el eterno idilio con el terruño que me vio nacer. Lo amo hasta morir de amor.
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Siempre que recorro este camino veo la mano de Dios. Ya desde pequeño, cuando subía en el camión de la presa con mi padre, me impresionaba. Más tarde hacía excursiones con mis amigos disfrutando de cada uno de los parajes, cuevas y recovecos en las montañas o en el barranco. Gozaba de su perfume, de su color y de su silencioso lenguaje.
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Montañas sagradas
adornan mi pueblo
y acarician mi alma,
yo siempre vuelvo
y quedo en calma.
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El valle de La Aldea, sus espléndidas montañas, su plácida playa y el pueblo aldeano los llevo prendidos en el alma como el mayor tesoro que Dios me pudo regalar.


Foto tomada de la red

jueves, 23 de abril de 2009

La Aldea de San Nicolás: "Pasión por el fútbol"

Yo nací para jugar al fútbol, para divertirme con los amigos y para competir. Era un apasionado de ese deporte.
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Recuerdo que desde muy pequeño los Reyes Magos me trajeron un balón de reglamento con el que jugábamos en la Finca de los Calixto.
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Cuando llegaba de la escuela a mi casa, dejaba la maleta y recogía el esférico para ir a jugar. Allí me encontraba con los amigos para hacer pachangas, o jugar al bobo, que era el que se quedaba en el centro para tratar de quitarnos la pelota.
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También jugábamos partidos con todos los asiduos que sabían dónde pasar un buen rato. Al final terminábamos sudando y pasábamos por la barbería de Antonio para tomar agua fresca del porrón.
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Todos los días seguía el programa Radio Gaceta de los Deportes, a las 20,30, en Radio Nacional de España, desde que el Real Madrid ganó la primera Copa de Europa, con la legendaria delantera: Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Era una vetusta radio que se escuchaba muy mal, con muchas interferencias.
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Asístía en el citado campo de fútbol de la Finca de los Calixto a los entrenamientos del equipo del pueblo, dirigidos por Chirivella, muy buenos jugadores como Sario, Antonio, el portero, y otros que han quedado en el recuerdo de los buenos aficionados.
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Mi padre conducía uno de los coches que llevaban a los jugadores a enfrentarse a grandes equipos del norte de la isla como el Unión Moral y el Guía. Yo les acompañaba, siendo muy pequeño, y disfrutaba viendo jugar a mis ídolos. En el coche cantaban toda clase de canciones de la época. Recuerdo la canción que más repetían, era Arrivaderci Roma.
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Legendaria era la pugna deportiva entre los equipos de los Estudiantes y el de los Aparceros. Dirigidos por Nicolás del Pino los primeros, y por Pacuco, los segundos.
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Había una gran calidad entre los jugadores, por los estudianttes destacaban, además de Nicolás del Pino, Román, Abelito y Manolo Díaz; y entre los Aparceros, Pacuco, El Moganero y Pepín, un excelente portero.
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La gran mayoría de las veces ganaban los Aparceros. Una vez los Estudiantes invitaron a jugar a Miguelillo y ese domingo marcó tres increíbles goles. Miguel fue uno de los mejores jugadores que pasaron por la UD San Nicolás en mis tiempos.
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El primer partido que jugamos con un equipo de fuera fue contra la UD Moya. Ganamos por 1 - 0. Era en categoría infantil. Fue un momento inolvidable, pues nunca antes habíamos jugado con equipos foráneos.
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Más tarde se constituyó la UD San Nicolás y se construyó un nuevo estadio, Los Cascajos. Se encuentra justo al lado del barranco. Una vez nos encontrábamos jugando un partido de competición y Maso Matías había marcado tres goles, pero tuvo la mala suerte de tirar el balón al barranco. Y no se le ocurrió mejor idea que lanzarse a recogerlo antes de que se lo llevara al mar. A partir de ese momento ya no pudo hacer nada, pues las botas y medias se le habían mojado y le pesaban un quintal.
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Hubo unas temporadas en el que viajábamos a jugar a distintos puntos de la isla en dos Land Rovers, que procedían de Tasarte, cuyo propietario, y conductor de uno de ellos, era Clemente. Durante todo el trayecto nos lo pasábamos cantando bajo la dirección de Juan Suárez Quintana, un buen jugador, excelente cantante y estupendo dinamizador.
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La gente de Agaete, pueblo por donde teníamos que pasar, y con quienes hemos tenido siempre una gran rivalidad deportiva, decía: Ahí van "volando" los aldeanos , pues algunas veces pasábamos cantando la canción "Vuelo 502", de los Tres Sudamericanos, que decía: Volando, volando, a Mallorca voy con mi canción...
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Cuando me trasladé a la ciudad continué jugando en equipos de amigos o en competiciones de empresas. También participé en el equipo de fútbol sala Isabel la Católica. Jugamos en Primera Categoría, cuya liga la ganó el UD Sumarsa, con los ex jugadores de la UD Las Palmas de Primera División, Melián y Trona, y el máximo artillero luego en División de Honor " de fútbol sala, El Palillo".
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Posteriormente también disfruté jugando al tenis en el Club Deportivo Tamarasit y en Los Tarahales, de Las Palmas de Gran Canaria.


He tenido una vida feliz, aunque todo no fue miel sobre hojuelas, pero de los malos momentos siempre se aprende para no volver a cometer el mismo error.

¡Qué bueno es recordar todo lo que nos hizo feliz en nuestra niñez!


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viernes, 10 de abril de 2009

Aldea de San Nicolás. La calle de mis juegos

Los Beatles inmortalizaron la calle "Penny Lane", en Liverpool, dedicándole una canción que siempre me encantó. Era una forma deliciosa de describirla, con sus personajes y otros hechos significativos.
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Hoy quiero recordar la calle en la que pasé los años de mi niñez y de mi adolescencia.
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Era la calle General Franco. En el número 43 nacimos todos los hijos de Antoñito Quintana y de Purita Hernández, mis padres.
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Los primeros juegos tuvieron lugar en la finca en la que posteriormente fue construido el Cine Nuevo, el Moderno Cinema. Recuerdo muy bien la última vez en que hicimos la hoguera de San Juan, antes de su construcción. Fue una noche mágica, pues había una oscuridad inmensa, pero las llamas iluminaban todo el lugar y nosotros, como fantasmas, corríamos y saltábamos a su alrededor. Al año siguiente empezó su construcción y poco a poco se elevó casi hasta el cielo, según la apreciación de mi estatura. Me asombraba ver a los albañiles colgados en aquellos andamios que parecían que estaban en el aire.
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Frente a mi casa se encontraba el Ayuntamiento. Veía cómo entraba y salía gente a resolver sus asuntos. Algunas veces llamaban a mi padre para que sirviera de testigo en algún asunto. O para pedirle algo, como sucedió con Emiliano Camejo, que le pidió unos duros para salir del paso en el Juzgado, y nunca más los recuperó.
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Mi madre algunas veces le comentaba:
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-Eres demasiado bueno, Antoñito. Hasta el día en que nos casamos, tenías unos duros y se los prestaste a Emiliano, y fuiste más pelado al matrimonio que una naranja.
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Junto al Ayuntamiento vivían las hermanas Carmita y Evelia Afonso. La primera fue cofundadora del Colegio Sagrado Corazón de Jesús y profesora nuestra en el primer curso, en un aula arrendada a Paquita, en la Plaza.
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Mis padres se llevaban tan bien con Evelia, que yo pregunté:.
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-Papá, ¿ por qué no te casas con ella?
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-Porque no me pueden dar dos casares.-Me contestaba riéndose.
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Al lado de la casa de las hermanas Afonso, se encontraba la de Pepito León. Allí asistiamos a unas clases de repaso de Matemáticas, con unos alumnos mayores, pues el Colegio tenía arrendadas unas aulas.
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Pepito era un mago para los números, pero yo no sabía que era también un predistigitador. Una vez, mientras impartía clases de contabilidad, tiró un fósforo, y quedó en posición vertical, según me comentó uno de sus alumnos. ¡Increíble!
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Al lado del cine vivían las hermanas Blanquita y Asunción Segura, y junto a su casa se encontraba La Herrería de José Álamo. Era muy popular, pues állí arreglaban desde coches, motos, bicicletas, motores, hasta pequeños artilugios metálicos o construían piezas que ya no se encontraban en el mercado.
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Al lado de mi casa había un camino al que llamábamos El Callejón, que conducía a los Cascajos, junto al cauce del barranco, y a las fincas que se encontraban en la parte posterior de mi hogar. Por un postigo de la cocina, divisando las fincas de tomateros y un cañaveral que las separaba, mi abuela Eloisita nos avisaba, silbando, para que nos personáramos a almorzar.
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En la bajada de ese callejón había un cuarto, bastante espacioso, que heredé de mi primo Abel. Allí yo vivía prácticamente todo el tiempo, menos a la hora de ir a comer, que lo hacía en la casa. Nos comunicábamos por medio de un agujero que unía los dos niveles.
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Cuando inauguraron el Cine Nuevo, construyeron un cuarto, junto al mío, que daba cabida a un poderoso motor. Éste me hacía la vida imposible desde las diez a las doce de la noche, los días entre semana, y los fines de semana, desde las cinco de la tarde en adelante. Me supongo que la potencia del alumbrado público no era suficiente, por lo que tenían que ayudarse de ese potente motor. Producía un ruido estruendoso que hacía retumbar las paredes.
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Lamentablemente eran tiempos de la Dictadura en que nadie osaba presentar una denuncia ante tales atropellos. Los poderes político y económico no podían tener réplica.

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Frente a La Herrería se encontraba La Barbería de Antonio (A. Suárez Ojeda). Ésta era un lugar entrañable a la que asistí desde mis primeros años.
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Cada día pasaba a leer los periódicos, especialmente la sección de deportes. Los lunes había que ir temprano, pues la Hoja del Lunes estaba muy solicitada, pues todos seguíamos a la Unión Deportiva Las Palmas, primero en Segunda División y luego, en tiempos de Tonono, Guedes, Germán y Castellano, en Primera. También estábamos pendientes de los triunfos del Real Madrid en la Copa de Europa, con aquella delantera de ensueño Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.
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Cuando jugábamos en el campo de fútbol de la finca de los Calixto, de regreso pasábamos sudorosos y exhaustos por la barbería a tomar agua fresca del porrón que siempre estaba dispuesto para tal efecto, con el fin de hacer un descanso y recuperarnos.
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Allí siempre había una amena tertulia, con el humor socarrón que caracterizaba a los asiduos asistentes. Nunca faltaba Rafael, mi padre, y gente de todos los barrios que pasaban a saludar y se quedaban un rato participando de la charla.
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Una vez me encontraba en el sillón giratorio, leyendo el periódico, mientras Antonio me pelaba.
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Él con otro señor mantenían este diálogo:
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-¿Y cuánto dices que te costó la finca?
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-Veinte millones, le contestó el otro. -También le compré el camión y el ganado de cabras. Los veinte trabajadores que tenía siguen conmigo y voy a contratar a otros veinte.
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Yo no estaba prestando mucha atención, pero me sonó que era un ricachón el que charlaba. Me di la vuelta y observé que era Rafael. Entonces ellos se partieron de la risa al ver que yo me había interesado en saber quién era el potentado que hablaba.

Esta calle era el lugar de juego de todos los niños de esta zona. Delante del Cine Nuevo jugábamos al fútbol o a darle a la pelota con la cabeza o con el pie, sin dejarla caer. El sitio ideal para jugar a la chapa era en los escalones del cine o delante del bar del mismo. Ese sitio también era el elegido para jugar a levantar estampas, cromos.
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El momento elegido era el mediodía en que no pasaban vehículos. Por la tarde nos íbamos a la Plaza, o Alameda, en que jugábamos a la cogida, a pompa, al escondite y a cualquier juego que alguien propusiera.
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Ya por la noche, jugábamos partidos de fútbol muy entretenidos. Había que tener calidad y saber jugar con los elementos del parque, como las paredes, el kiosko, los parterres y las salidas, dos de las cuales eran las porterías.
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Llegábamos cansados a nuestras casas, pero contentos de tanta diversión y haberlo pasado tan bien con los amigos.

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Foto tomada de la Red

domingo, 5 de abril de 2009

El Pleito de La Aldea: 300 años de lucha por la tierra

Valle de La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria, Islas Canarias, España.

La isla de Gran Canaria fue dominada por los españoles entre 1478 y 1483, en una conquista realenga, puesto que fue financiada por los Reyes Católicos, al contrario que la conquista de otras islas en que las campañas fueron financiadas por los nobles, en beneficio propio, por lo que se les denominaba conquista señorial.


La colonización fue lenta. Las tierras fueron pasando de unos señores a otros, ampliando sus propiedades por compras, conversión de terrenos baldíos en fértiles o anexión de otros que eran realengos.

Muchos aldeanos cultivaban esas tierras desde tiempos inmemoriales, pasando la propiedad de padres a hijos, como cultivadores a medias hasta 1927, siempre en perpetuo litigio.

Se daba la circunstancia que ni los propietarios de la Gran Hacienda Aldea de San Nicolás, ni los que habían cultivado la tierra, tenían documentos que avalaran su propiedad, por lo que hubo una lucha, a veces muy virulenta, con el empleo de la fuerza por la Guardia Civil. En medio de estos hechos se produjo el asesinato del secretario municipal en 1876.
Traslado del Ministro de Gracia y Justicia, Galo Ponte, desde la playa de La Aldea hasta el pueblo, en febrero de 1927.

También hubo batallas legales en los que no hubo nunca un vencedor definitivo. Hasta que en 1927, el Ministro de Gracia y Justicia del Gobieron del General Primo de Rivera, don Galo Ponte, se personó en La Aldea para conocer de primera mano el problema que llevaba tanto tiempo pendiente de solución. Él sabía que se habían producido muchos litigios judiciales y algunos líderes aldeanos se habían desplazado hasta Madrid para solicitar la propiedad de sus tierras.

Finalmente, éstas fueron concedidas a los aldeanos, que por fin triunfaron, después de 300 años de lucha, y se hicieron acreedores de los títulos de sus tierras. Y al Mayorazgo se le adjudicó la titularidad de 100 Ha.

Algunos aldeanos se desplazaron a Madrid para tratar de pedir una solución a este problema que duraba tanto tiempo y que tenía soliviantada a la gente de La Aldea.

El cura Vicente Bautista Sosa, tío de mi padre, se trasladó a Madrid para pedir la ayuda del Ministro en el Pleito.

Solicitó audiencia al secretario del Sr Galo Ponte, y éste le contestó que el Ministro estaba muy ocupado y que no lo podría atender.

-Señor, yo vengo desde muy lejos, desde Las Islas Canarias, casi como en el fin del mundo. He tardado días en llegar y no me puedo volver sin haber hablado con él.

-Lo siento, es imposible que lo reciba- le contestó el Secretario.

-No importa, yo esperaré lo que haga falta, le comentó don Vicente.

El cura se sentó en la sala de espera y siempre que pasaba Galo Ponte le saludaba muy respetuoso:

-Buenos días, señor Ministro.

-Buenas tardes, señor Ministro.

Y así cada mañana y cada tarde, al verle entrar y salir de su oficina.

Pasados unos días, Galo Ponte le pregunta extrañado a su secretario:

-¿Quién es este curita que me saluda mañana y tarde cada día?

-El viene desde las Islas Canarias para tratar sobre el Pleito de los aldeanos por la propiedad de la tierra.

De esta manera, el Sr Ministro se apiadó de él y le hizo pasar a su despacho, escuchándole atentamente y prometiéndole estudiar el caso.
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Francisco Suárez Moreno es autor del magistral libro "El Pleito de La Aldea: 300 años de lucha por la propiedad de la tierra. (1990)
También recomiendo la lectura de Breve Historia de La Aldea de San Nicolás (I y II), del mismo autor, en la Revista Digital Bienmesabe, para conocer algo más de nuestra historia.
Fotos tomadas de dicha Revista.
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domingo, 29 de marzo de 2009

Aldea de San Nicolás, Antonio Quintana el "Indiano"

Antigua plaza de La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria, España.

Muchos aldeanos tuvieron que emigrar a Cuba y Venezuela en busca de nuevos horizontes, ya que en la isla de Gran Canaria no había trabajo, ni porvenir para los jóvenes.

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Mi padre me contó muchas historias interesantes de mi abuelo Antonio Quintana, a quien apodaban el "Indiano", tanto de su estancia en Cuba, como en La Aldea.

Él había emigrado en la segunda mitad del siglo XIX y volvió unos años más tarde.

Me contaba que había un exportador, llamado don José, de la capital de la isla, que iba a recoger tomates que cosechaban algunos agricultores de La Aldea, durante toda la zafra.

Cuando terminaba el período de recolección de la fruta, los labradores se acercaban a la capital, con la intención de cobrar. Al llegar a la oficina cada uno de ellos, don José le saludaba atentamente:

-Buenos días, ¿qué le trae por aquí?

-Vengo a cobrar- le respondía respetuosamente.

Don José, muy amable le contestaba:

-No se preocupe, voy a buscar el dinero para que usted regrese al pueblo sin dilación.

Pero pasaban las horas y don José no regresaba, por lo que el agricultor tenía que volverse cabizbajo al pueblo, con las manos vacías.

Y así sucedía una y otra vez al ir a cobrar los tomates que habían cosechado con tanto trabajo.

Un día don Antonio, el "Indiano", manifestó su decisión de ir a cobrar los tomates.

-¿Para qué vas a ir?- le preguntaban sus familiares y amigos.- Ya sabes lo que siempre hace don José . Además, hay unos asaltantes a mitad del camino que roban a todo el que pasa.

-No se preocupen, yo estaré de vuelta con el dinero.

Se fue a la ciudad y al llegar a la oficina saludó:

-Buenos días, don José. Vengo a cobrar los tomates.

-Muy bien, don Antonio, enseguida salgo y se lo traigo.

-No, don José. Usted no se ausenta de aquí- le dijo con determinación.

-Pero aquí no tengo el dinero, por lo que tengo que ir a buscarlo.

-Usted no sale de aquí. Mande a buscarlo- reiteró.

Por mucho que insistió don José, no consiguió que mi abuelo cediera a su petición. Por lo que tuvo que llamar a su esposa, que se encontraba en el segundo piso, para que fuera a buscarle el dinero.

Una vez que la esposa regresó con "los cuartos", don José le pagó a mi abuelo y le dijo:

-Por favor, don Antonio, le ruego que no le comente a nadie que usted cobró.

Él tomó de nuevo el camino de regreso al pueblo y al llegar, todo el mundo, asombrado, le preguntó:

-Pero, don Antonio, ¿cómo logró cobrar? ¿Y cómo consiguió soslayar a los asaltadores que siempre están apostados a medio camino?

-Muy fácil, les contestó mi abuelo. Cuando llegué, le dije a don José que no regresaría al pueblo sin el dinero. Y cuando pasé por donde estaban los bandidos, yo iba disfrazado de mendigo, con un saco en el hombro, con el capital dentro.- ¿Cómo iban a asaltar a un mendigo que no tiene ni para comer?

La fama de don Antonio de hombre serio y que se dejaba respetar era de todos conocida, pero es exagerado como lo pintó un fabulador que escribió un libro basado en viviencias del pueblo, en el que contaba que él se paseaba por La Aldea con un pistolón en la cintura que hasta la Guardia Civil le tenía miedo.
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Foto tomada de la Red

sábado, 14 de marzo de 2009

La Playa de La Aldea de San Nicolás

La Playa de La Aldea quedó grabada en mi mente desde los primeros tiempos que la visité, cuando nuestra madre nos llevaba a bañarnos en unos charcos que había al lado del muelle, desaparecidos para siempre después de las obras de construcción del nuevo dique.
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.En la foto podemos apreciar en primer plano la playa de La Caletilla, desde allí nadábamos hasta el muelle. La primera vez que crucé esta distancia lo hice gracias a que mi amigo Gilberto Ramírez me prestó sus aletas. Esa proeza quedó en mi mente, pues nunca pensé que lo pudiera conseguir.
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La parte de playa que sigue la llamábamos Las Barquillas, porque era donde descansaban las barcas después de su pesado trabajo en alta mar o en las proximidades de la costa.
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La gente tomando el sol por Las Barquillas. Al fondo se aprecia el Roque, que era el lugar donde nuestros padres nos llevaban a almorzar algunos días de verano.
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Foto: Juan Antonio
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Este es el Puerto. No sé exactamente el motivo de llamarle así a esta hermosa playa de arena dorada.
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Es un lugar tranquilo, donde no va mucha gente, pues hay que llegar bordeando la costa a pie, entre rocas, evitando algunos erizos y rasparse con las piedras. La costa por esta zona es alta y rocosa; cuando sube la marea es imposible acceder al puerto o regresar al muelle, por lo que hay que tomar un sendero por la montaña.
El gentío que se aprecia está disfrutando de la fiesta de El Charco, que está considerada de interés turístico nacional. Se celebra el 11 de septiembre, un día después del día de San Nicolás de Tolentino, patrón del pueblo.
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Ya expuse todo lo referente a esta fiesta en un post anterior.
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La costa norte de la isla, desde la capital, Las Palmas de Gran Canaria, hasta el sur es alta y rocosa, adornada de vez en cuando por hermosas playas de arena negra, sembrada de pequeñas piedras a las que tuvimos que acostumbrarnos. Y cuando íbamos a una de arena, las echábamos de menos.
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Una vez hicimos una excursión desde La Aldea a la Playa de Maspalomas, que se encuentra en el sur de la isla. Invitamos a Ángela, una amiga de mi hija. Cuando regresamos le preguntamos si le había gustado aquella playa.
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Ella contestó:
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-Estaba bien, pero la arena me ensuciaba los pies.
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Cada vez que regreso al pueblo de vacaciones, no dejo de ir a la playa a bañarme por el Muelle, que es como una piscina, y por el Puerto, donde puede uno pasar un rato agradable y tranquilo, respirando el aroma del terruño que nos vio nacer.
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Los baños están recomendados para aliviar varias patologías o para mantenerse en forma. Tenemos la gran suerte que nos podemos bañar durante todo el año en Canarias, pues el agua se conserva siempre a muy buena temperatura.
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Fotos tomadas de la red