domingo, 24 de octubre de 2010
La Aldea de San Nicolás: Canto al pueblo que me vio nacer
lunes, 28 de diciembre de 2009
La Aldea de San Nicolás: ¡¡Vamos a ver La Presa!!
Rebosamiento de la presa El Caidero de la Niña
Presa de El ParralilloPara mis siete años, era una gran aventura, han quedado en mi memoria sensorial las historias que me comentaba mi padre sobre el nombre del embalse. Me contaba, que le contaba su abuelo Tomás, que una pastorcilla que cuidaba del ganado, cayó en uno de los caideros que actualmente está dentro del vaso de la presa. La historia de una extraña planta que a lo largo de la carretera llamaba mi atención y que se resumía en un: Son algodones que fulanito plantó hace muchos años, o la sensación de ver las pequeñas hierbas blancas que, al desplazar una vieja botella o una abandonada lata de sardinas, crecía debajo de ellas sin su necesaria función clorofílica. Lo que no cambiaba nunca eran: las imágenes de Pepe del Pino, el probar el agua en un manantial colindante con la carretera, la descripción del reboso comparándolo con un encaje y de las naranjas que, sin olvidarse, siempre recogía en El Puente y colocaba en la caja delantera del camión. Eso, si no les daba a los dos por ir a “firmar unas letras” en algún bar de Acusa o de Artenara, ya que Ramírez tenía siempre en su boca: Vale más un gusto que cien pesos.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Aldea de San Nicolás: El Ayuntamiento, el campo de fútbol, La Sociedad...
La Orquesta Mejías, una de las más populares de la isla de Gran Canaria en aquellos tiempos..
Mis primeros pasos de forma autónoma en La Aldea los di en los lugares más próximos. Frente a mi casa se encontraba el Ayuntamiento. Yo veía entrar y salir gente de forma permanente. En una dependencia que daba para la calle se encontraba el Juzgado. Me asomaba por la ventana y observaba miles de carpetas apiladas en altas estanterías.
Al fondo a la derecha del pasillo central del edificio municipal se encontraba el cuartelillo, donde encerraban a los malhechores y frente de la pequeña cárcel había un pozo con una puerta desvencijada. Cierto día logró escaparse un preso que se encontraba ebrio, le dio una patada a la puerta del pozo y, creyendo que era la puerta de la calle, se dispuso a correr presuroso, pero cayó, con tan buena suerte que quedó enganchado en la bomba. Gritó como un descosido hasta que fue sacado, lo curaron y lo metieron otra vez en el cuartelillo hasta que se le pasara la borrachera.
Cerca estaba situada la barbería de Antonio Ojeda. Era el lugar de reunión de vecinos y amigos. Allí se hablaba de todos los cuentos y otras historias que se producían en el pueblo. También era el lugar donde podíamos leer la prensa diaria.
Un poco más arriba se encontraba el campo de fútbol. Era mi lugar preferido para pasar el día jugando con mi balón. Siempre había niños con los que jugar un partido de fútbol.
Frente del campo estaba la tienda de Blasinita y su esposo Rufo, donde comprábamos chucherías y cuentos, como los de El Capitán Trueno, con Crispín y Goliat. Cada semana esperábamos ávidos para leer las increíbles aventuras de nuestro héroe.
Al lado del campo de fútbol había un edificio emblemático en el pueblo: El Centro Cultural y Recreativo San Nicolás, llamado popularmente La Sociedad.
Constaba de un salón muy grande, de unos cientos de metros cuadrados, con unas columnas en el centro de la pista de baile, un salón más pequeño para juegos de mesa, con un bar. Y en la entrada una dependencia grande de lectura de periódicos y otra que era la oficina de la Directiva.
Las primeras veces que entré fue para dar algún recado a mi padre que solía reunirse con sus amigos a jugar al dominó o al parchís. Aún recuerdo, nada más pisar la entrada, escuchar la característica voz de mi padre, sus estornudos o su estentórea tos.
Entre sus amigos recuerdo a Rodríguez y a don Pepe María. Había muy buenos jugadores, como este último. Una vez le contó a mi padre que estaba muy disgustado porque un amigo le había pedido que le devolviera “un duro”, cinco pesetas, que le había prestado. Luego prosiguió diciendo que con las ganancias de ese dinero había estado manteniendo a su familia durante bastante tiempo.
¡Duros aquellos momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial!
Nos eran muy familiares desde pequeños el encargado, al que llamábamos “Manuel el de La Sociedad” y Manolín Almeida, que era el encargado de cobrar los recibos mensuales. Éste siempre portaba su maletín negro y muy grande. En las noches de baile se situaba en la estancia habilitada para leer los periódicos, para cobrar los recibos de los que se atrasaban, muchos porque volvían de la ciudad donde trabajaban o estudiaban. Ellos dos eran personas entrañables que van ligadas a la historia de La Sociedad.
Ya de joven, siendo socio, participaba y disfrutaba mucho del juego de billar. Admirábamos la calidad de Pedro Montesdeoca, de Antonio “El Chotis” y de Antoñito Quintana (mi padre).
También participábamos de los bailes amenizados por distintas orquestas, tanto locales como foráneas, destacando la Orquesta Mejías, pues llegaban al pueblo con las últimas canciones y los mejores ritmos del momento, lo que hacía que nos divirtiéramos mucho.
A La Sociedad llegó uno de los primeros televisores del pueblo. Allí nos concentrábamos todos los amantes del fútbol para ver los partidos de la Selección Nacional o de los equipos de Primera División. Lo habían colocado donde se situaba la orquesta, en el salón-pista de baile.
En una ocasión en que se iba a celebrar el partido en el Estadio Insular de Gran Canaria, entre La U. D. Las Palmas y el Real Madrid, que se estaban jugando el primer puesto de la clasificación y el título de máximo goleador, se rumoreaba que iba a ser televisado. Todos estábamos pendientes. Se acercaba la hora del inicio, las siete de la tarde. Algunos estaban sentados en primera fila. Otros mucho más atrás, aparentando que no tenían mucho interés. En ese momento se escuchó el griterío del estadio y aparecieron los jugadores saltando al césped. Todos corrimos a sentarnos lo más adelante posible. Pero, ¡oh decepción! Se trataba simplemente de un anuncio televisivo. Y no se televisó el partido.
Todos nos marchamos cabizbajos. Algunos se fueron raudos a pegarse al transistor, puesto que no querían perderse el partido en que la UD Las Palmas se podría proclamar campeón de Liga. Lamentablemente nuestro equipo no logró su objetivo, fallando Paco Castellano un penalty que hubiera sido decisivo para el resultado final.
¡Que recuerdos aquéllos! Todavía me emociono recordando aquellos días tan felices en nuestro pueblo, La Aldea de San Nicolás.
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Si quieren saber parte de la historia de La Sociedad, les invito a entrar a esta página, escrita por Francisco J. Suárez Moreno.
Breves apuntes sobre la historia de La Sociedad.
http://artevirgo.blogia.com/2006/033103-breves-apuntes-sobre-la-historia-de-la-sociedad.-el-centro-cultural-y-recreativo.php
martes, 22 de septiembre de 2009
La Aldea de San Nicolás: El largo camino hacia la democracia

El pueblo expectante a las palabras del Gobernador Civil y del Presidente del Cabildo. Los niños, jóvenes y mayores esperando buenas nuevas por parte de las autoridades. (En la foto me encuentro yo, ¿alguien me puede reconocer? Estoy en tercera fila, a la izquierda.)
Mi generación, los nacidos poco después de terminada la II Guerra Mundial, en la que España no participó activamente, porque estaba desgastada por la Guerra Civil, terminada en 1.939, y por el bloqueo de los países vencedores de la contienda mundial a que fue sometida España, nos criamos en la más absoluta miseria democrática y oscurantismo político.
.En los libros de Política nos explicaban que el Alzamiento Nacional fue bendecido por Dios en beneficio de la Patria, como un acto de salvación nacional.Tuvimos en el Colegio un profesor, don Juan "El Pipa", que era carismático, un día nos mandó a comprar un cuaderno porque nos iba a dictar apuntes que pensábamos nosotros que nos iba a aportar un poco de luz sobre la situación política.
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Lamentablemente, el día que ya teníamos el cuaderno abierto para empezar la clase, y que estábamos muy ilusionados, se enfadó con alguien por portarse mal y nos castigó con no hablar sobre el tema. ¿Cogió miedo de tratar aquel espinoso asunto en aquellos momentos en que era prohibido hacerlo? Nosotros nos quedamos muy decepcionados.
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Recuerdo unos pocos años más tarde, siendo ya un muchacho, que le pregunté a un humilde trabajador que tenía cierto parentesco conmigo:
-Santiago, ¿es verdad que José Antonio Primo de Rivera fue fusilado por los rojos por culpa de Franco?
Éste se quedó lívido y musitando dijo:-¡Yo no he escuchado nada! Y se marchó raudo para evitar complicaciones con la Guardia Civil..
Cuando llegaban las autoridades provinciales de visita, o algún Ministro de Franco, nos alentaban a salir a la calle a darles la bienvenida y demostrarles nuestro agradecimiento por su labor..
Un acto increible y valeroso, que quedó en mi mente, fue cuando el señor Juan Suárez, primo de mi padre, en plena Dictadura, salió a la calle con motivo de un referéndum, protestando a gritos por la chapuza que se estaba realizando y dando vivas al comunismo. En toda mi vida nunca vi personalmente a un hombre tan arriesgado y valiente defendiendo la democracia y sus ideales, teniendo en cuenta el férreo control a que estaba sometido el pueblo.
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Intervino la Guardia Civil, pero no sucedió nada. Probablemente le "sugirieron" que se metiera en su casa.
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Más tarde, con motivo de la Promulgación de la Ley Orgánica del Estado nos pegamos a los transistores para poder captar algún atisbo de democracia.
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Yo creo que no éramos muy conscientes de ésta, pues una vez me preguntó una señora alemana si creía que había democracia en España y yo le contesté que creía que sí.
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De pequeños estuvimos afiliados a la OJE (Organización Juvenil Española). Éramos aleccionados con las normas y canciones del Régimen. No obstante eso, fuimos muy felices, puesto que salíamos del pueblo todos los domingos en el camión de la Organización, conducido por mi tío Fidel, para participar en campeonatos de diversas modalidades deportitivas. Era todo una fiesta, durante todo el trayecto nos lo pasábamos cantando y divirtiéndonos. Para todos nosotros era un auténtico premio salir del pueblo, ya que muchos no teníamos posibilidad de hacerlo de otra manera.
Posteriormente me di cuenta que no hubo democracia hasta unos años después de haber fallecido el Dictador.
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Ahora me percato de lo que es la democracia, el valor que tiene la libertad, la división de poderes y el control efectivo al ejecutivo por parte de la oposición. De ahí que esté en contra de cualquier tipo de dictadura, no importando qué ideología, ni motivaciones tuvieren.
.A pesar de no haber democracia, fuimos felices en nuestra Aldea. Sólo me pesa en el corazón no haber podido hacer nada en contra de la remodelación de la antigua Iglesia de La Aldea y de la Plaza, y de la utilización de parte de la piedra de Risco Redondo para transformarla en gravilla para asfaltar las calles del pueblo, dejándonos heridos para siempre, al Risco y a nuestra alma. En aquellos tiempos nadie osaba levantar la voz ante las decisiones oficialistas, so pena de terminar entre rejas.
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miércoles, 22 de julio de 2009
La Aldea de San Nicolás: El testimonio de sus montañas
Foto tomada desde Cactualdea, en Tocodomán, La Aldea de San Nicolás, Gran Canaria, España..
Las montañas de mi Aldea adornan el paisaje, le dan un sabor entrañable, pues las llevo viendo y disfrutando de su esencia unos 60 años. Seguro que lo disfrutaron como yo mis padres, mis abuelos y el resto de mis ancestros.
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Cactualdea es un jardín donde han plantado miles de cactus procedentes de muy diversos países de todo el planeta. Es un lugar precioso, digno de ser visitado por todos los que se acerquen a nuestro pueblo.
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En el lugar donde se encuentra Cactualdea existía una finca cuyo dueño era el cura Vicente. Cuando él falleció se la donó al Obispado, pero en usufructo se la dejó a mi tía Hortensita. Allí íbamos los fines de semana con mis padres y jugábamos debajo de un árbol que llamábamos farroguero (algarrobo) y comíamos unas ricas farrogas (algarrobas).
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Al otro lado del barranco de Tocodomán se encuentra el barrio de El Hoyo, y sobre éste el pinar de Ojeda, Inagua y Pajonales, lugar donde mis abuelos tenían algunas propiedades donde cultivavan la almendra.
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Montañas de mi Aldea
esencia de mi pueblo
testigos de su historia
de su lucha y de su sangre.
Me emociono al contemplarlas
y pensar en todas sus vivencias
desde que vivían los aborígenes
y cuando llegaron los mallorquines
a fundar la primera ermita en la Playa.
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Luego arribaron los españoles
donde sufrieron una severa derrota
en la batalla de Ajódar.
Más tarde vieron cómo los españoles se repartieron sus tierras
y cómo los aldeanos lucharon a muerte por ellas.
Los nombres legendarios de La Meliana, Salvador Araújo,
Antonio el Indiano, el cura Vicente y otros valientes aldeanos
están esculpidos en las montañas de nuestro pueblo
por su valiente defensa de la tierra que les vio nacer.
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Las montañas de mi Aldea
las llevo prendidas en mi almay se la dejo en herencia,
como el más preciado tesoro, a mis hijos
y a todos los aldeanos que la defiendan con valentía,
orgullo y con un inmenso honor.
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Foto Juan Antonio
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Primer viaje a la ciudad para examinarnos
Yo estuve en la escuela de don Juan Márquez hasta los 9 años. A los pocos meses pasamos el examen de Ingreso al Bachiller, examen realizado en el mismo colegio, puesto que el Tribunal examinador se trasladó desde la ciudad a tal efecto.
A los once años tuvimos que trasladarnos a la capital, Las Palmas de Gran Canaria, para pasar el examen de Primero de bachiller.
Todos éramos amigos del colegio, pero yo iba para todos lados con mi amigo Paquito el de Ciso.
Fue todo una fiesta, pues teníamos que viajar los alumnos solos. Mi madre me mandó a la barbería de Antonio para ir bien peladito y me compró ropa nueva.
Tomamos uno de los piratas, el de Paco Matoña o el de Juanito Afonso, y nos alojamos en la pensión Juan Frangollo, un señor aledeano, apellidado Ojeda, situada en la calle Pedro de Vera, cerca de Camino Nuevo. Otros se hospedaban en la de Paquito.
El recorrido para ir al Instituto Tomás Morales, o al Pérez Galdós, siempre era el mismo. Subíamos por Bravo Murillo y tomábamos la calle Tomás Morales.
Cerca de la pensión desayunábamos en la cafetería Los Angeles que hacían unos churros muy ricos.
También paseábamos por la calle Triana, que no era peatonal por aquellos tiempos. Llegábamos hasta Vegueta, cruzando el Puente de Palo, muy cerca se encontraba el Puente de Piedra, la Catedral y la Plaza de Santa Ana, con los perros que tanto nos llamaban la atención.
Todo nos parecía extraordinario.
Son recuerdos imborrables.
¡Qué tiempos aquéllos, tan hermosos!






