sábado, 14 de marzo de 2009

La Playa de La Aldea de San Nicolás

La Playa de La Aldea quedó grabada en mi mente desde los primeros tiempos que la visité, cuando nuestra madre nos llevaba a bañarnos en unos charcos que había al lado del muelle, desaparecidos para siempre después de las obras de construcción del nuevo dique.
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.En la foto podemos apreciar en primer plano la playa de La Caletilla, desde allí nadábamos hasta el muelle. La primera vez que crucé esta distancia lo hice gracias a que mi amigo Gilberto Ramírez me prestó sus aletas. Esa proeza quedó en mi mente, pues nunca pensé que lo pudiera conseguir.
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La parte de playa que sigue la llamábamos Las Barquillas, porque era donde descansaban las barcas después de su pesado trabajo en alta mar o en las proximidades de la costa.
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La gente tomando el sol por Las Barquillas. Al fondo se aprecia el Roque, que era el lugar donde nuestros padres nos llevaban a almorzar algunos días de verano.
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Foto: Juan Antonio
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Este es el Puerto. No sé exactamente el motivo de llamarle así a esta hermosa playa de arena dorada.
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Es un lugar tranquilo, donde no va mucha gente, pues hay que llegar bordeando la costa a pie, entre rocas, evitando algunos erizos y rasparse con las piedras. La costa por esta zona es alta y rocosa; cuando sube la marea es imposible acceder al puerto o regresar al muelle, por lo que hay que tomar un sendero por la montaña.
El gentío que se aprecia está disfrutando de la fiesta de El Charco, que está considerada de interés turístico nacional. Se celebra el 11 de septiembre, un día después del día de San Nicolás de Tolentino, patrón del pueblo.
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Ya expuse todo lo referente a esta fiesta en un post anterior.
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La costa norte de la isla, desde la capital, Las Palmas de Gran Canaria, hasta el sur es alta y rocosa, adornada de vez en cuando por hermosas playas de arena negra, sembrada de pequeñas piedras a las que tuvimos que acostumbrarnos. Y cuando íbamos a una de arena, las echábamos de menos.
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Una vez hicimos una excursión desde La Aldea a la Playa de Maspalomas, que se encuentra en el sur de la isla. Invitamos a Ángela, una amiga de mi hija. Cuando regresamos le preguntamos si le había gustado aquella playa.
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Ella contestó:
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-Estaba bien, pero la arena me ensuciaba los pies.
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Cada vez que regreso al pueblo de vacaciones, no dejo de ir a la playa a bañarme por el Muelle, que es como una piscina, y por el Puerto, donde puede uno pasar un rato agradable y tranquilo, respirando el aroma del terruño que nos vio nacer.
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Los baños están recomendados para aliviar varias patologías o para mantenerse en forma. Tenemos la gran suerte que nos podemos bañar durante todo el año en Canarias, pues el agua se conserva siempre a muy buena temperatura.
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Fotos tomadas de la red

martes, 3 de marzo de 2009

Nuestros juegos infantiles


¡Cuánto disfruté cuando niño!

Me pasaba la mayor parte del tiempo jugando y tuve la suerte de tener unos padres maravillosos. Eran personas de paz y de amor, por lo tanto, en nuestra casa reinaba la armonía.

Yo estaba loco por el balón. Siempre que podía, que era casi todo el tiempo, jugaba al fútbol. Parecía que estaba en la gloria cuando jugaba partidos o simplemente acariciaba el esférico como si fuese el más preciado tesoro.

Quería emular a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Kopa...Jugadores del Real Madrid que se paseaban por el Viejo Continente ganando Copas de Europa.

En las tardes que no practicaba fútbol, me reunía con los amigos para jugar al trompo, o peonza. Recuerdo cuando teníamos que recorrer una distancia golpeando con nuestro trompo a otro hasta llegar a la meta. En el recorrido había que salvar profundos charcos, hoyos o pistas polvorientas. Son recuerdos que quedan en el cerebro para siempre.

Otras veces llegaba el tiempo de levantar estampas o cromos, con la palma de la mano.

También jugábamos a la laja de piedra, que lanzábamos hacia un pivote, llamado tángara, que se encontraba a una cierta distancia. Sobre él colocábamos estampas, monedas u otros objetos, y el que quedara con su laja más próxima a ellos sería el ganador.

Por la noche nos gustaba jugar al escondite. Era curioso cómo había niños que podían permanecer mucho tiempo escondidos encima de un árbol o daban una increíble vuelta, para luego aparecer por el lugar menos esperado.

Un juego que me encantaba consistía en hacer un círculo en el que se encontraba una pelota en el centro. Cada uno de los niños había elegido un equipo de fútbol y nos colocábamos al borde del círculo. Al ser nombrado, teníamos que coger la pelota y lanzarla contra alguien que corría para evitar el pelotazo.

Se escuchaba:

-Bayer Munich- y salía a recoger la pelota el niño que había tomado el nombre de ese equipo.

-Real Madrid- y partía raudo otro para intentar darle a algún compañero.

-Oporto...Pum...¡Ah, qué pena, no le di!

Había que golpear a alguien con la pelota para conseguir un punto y los otros evitar que les alcanzaran.

En el juego no se escuchaba que jugaran Pepe, Juan o Andrés. Sólo los nombres de los equipos, conocidos en aquellos tiempos por jugar en la Copa de Europa.

Otro juego divertido era "la cogida" que nosotros llamábamos "carabina", que consistía en que se quedaba uno para ir cogiendo a los demás. El que fuera tocado quedaba eliminado.

Muchos otros juegos aún permanecen en nuestra retina y en nuestro corazón, así como aquellos amigos que nos acompañaron en tan deliciosa época.

viernes, 20 de febrero de 2009

La "begnéfica" sobre los campos




Ayer, 19 de febrero, cambió el tiempo. Después de unos días de sol y de calor, llegó la lluvia reparadora.


Esta lluvia me hizo recordar aquellos días en La Aldea en que caía una fina lluvia, persistente, que dejaba un olor a mojado que aún hoy recuerdo con placer y mucha nostalgia.


Los olores a tierra mojada se impregnaron en mi cerebro y morirán conmigo. También quedaron aquellos colores de las hierbas, de las plantas y árboles cuando la fina lluvia los acariciaba.


Era un infinito placer el caminar y correr por los caminitos entre la hierba o entre muros de piedra resplandecientes por el agua de la lluvia.


Recuerdo a mi abuelita Eloísa que, cuando llovía, se asomaba por la ventana de la cocina, donde podía apreciar un paisaje maravilloso de montañas y, en las cercanías, fincas con cultivos de tomateros, árboles y hortalizas. Entonces, feliz, exclamaba:


-"La "begnéfica" sobre los campos!


Esta expresión ha pasado de generación en generación hasta el día de hoy. A mí me place decirla cuando llueve. Me siento muy a gusto gritándola a los vientos, recordando aquellos viejos tiempos entrañables con mi abuela.


-La "begnéfica" sobre los campos.


Cada vez que llueve se me agranda mi alma pronunciando las palabras de aquella viejita adorable que era mi abuelita Eloísa.


Ella nos defendía cuando mi abuelo o mi madre pretendían castigarnos por alguna diablura que habíamos hecho:


-No te atrevas a pegar a los niños, exclamaba protectora.


Y todo volvía a la calma, mientras nos protegía en su regazo. Nadie se atrevía a tocarnos, ante su amor y determinación.


¡Quién no tiene entrañables recuerdos de sus abuelos!


miércoles, 4 de febrero de 2009

La Aldea de San Nicolás. El camión de la Presa

Tortilla de papas. -Se me hace la boca agua, "usté".

Mi padre era un enamorado de la conducción de vehículos. Empezó a manejar a la edad de 15 años, cuando transportaba tomates desde el pueblo hasta el Muelle.

Él me contaba que su padre le ponía la segunda velocidad y llegaba a la playa sin cambiar. Para regresar, alguien le ayudaba a poner la misma marcha para llegar al pueblo. Así hasta que aprendió a conducir. A los 18 años sacó la licencia y estuvo conduciendo hasta los 85.

Trabajó de chófer en un camión de la Constructora de la presa de El Caidero de la Niña. Entró a trabajar en sustitución de su amigo Celestino que se había lesionado de forma permanente.

El camino a las presas, que era estrecho y de tierra, sin ninguna protección, era, por ende, sumamente peligroso. La peligrosidad aumentaba debido a que el camión era viejo y se encontraba en no muy buenas condiciones.

A pesar de todo eso, era un camino precioso, a lo largo del Barranco Tejeda - La Aldea.

Se sale del pueblo y se encuentra uno el barrio de El Molino de Agua, construido en la falda de una montaña, luego pasamos tres puentes y se llega a Salado, de muy pocas casas. Después de pasar el barranco de Tifaracás, se sube un desnivel considerable, utilizando unas cerradas curvas en zig zat hasta lo alto. A continuación se sigue hasta la Presa, y, a unos 500 m, se encuentran las casas donde se alojaban los trabajadores.

Varias veces se rompió el camión por lo que mi padre tenía que volverse caminando.

Una vez le pasó eso en la víspera de Reyes. Mi madre, mi hermana Marisa y yo estábamos esperando muy preocupados porque mi padre no aparecía. Al fín llegó a tiempo de colocar los juguetes en los zapatos de mis hermanos y en los míos.

Otra vez, yo le acompañaba cuando se rompió el camión en horas de almuerzo. Y como se tardaba mucho en recorrer los kilómetros, hasta llegar a la casa, me entró tanta hambre que le dije:

-Papá, ¿cuánto pagarías por una tortilla de papas calentita?

Y mi padre, para alargar la conversación, me contestó con otra pregunta:

-¿No será mejor unas papas sancochadas con sardinas?

Seguro que ocupados en esa charla gastronómica, se me pasó el tiempo hasta llegar a la casa.


























































































domingo, 18 de enero de 2009

Néstor J. León y Oscar Valencia unen al pueblo con su música

Es una gran honor que me han hecho al enviarme las dos canciones de La Aldea, que saldrán en sus próximos Cds, y que me han hecho emocionar. Ya las había recibido anteriormente, pero estaba madurando la contestación, quería hacerlo con tranquilidad, sin dejarme llevar por las emociones del momento.

Yo les agradezco infinitamente todo lo que hacen por nuestro pueblo, la música alegra el corazón y une a los aldeanos con el terruño que nos vio nacer, y nos sentimos orgullosos de todos los hijos del pueblo, que aun fuera de su cobijo, luchan por él, sintiendo sus raíces en el fondo de su alma.

Ustedes dos son amantes de la música y amantes de La Aldea, esa conjunción hace que produzcan canciones entrañables que llegan al pueblo. Tengo que contarles que me alegro que sean ustedes los que potencian la unión entre aldeanos por la musica y por el arte en general. Hay otros, afortunadamente, que lo hacen en distintas facetas artísticas.

El contacto con ustedes se remonta a los viejos tiempos en que asistíamos al colegio Sagrado Corazón de Jesús.

Miguelito León, el padre de Néstor, tenía una horchatería, que yo visitaba con asiduidad. Hasta después del advenimiento de los helados de marca, seguía siendo fiel consumidor de sus helados artesanales. Una vez me lo comentó:

-Juan Antonio, eres uno de los pocos que no han sucumbido a la nueva moda de los helados.

Él fue autor de la música de la canción Playa de La Aldea, escrita por don Tomás Fernández.

Luego Néstor, su hijo, siguió sus pasos en la música, teniendo que buscar nuevos horizontes en el Líbano, la Suiza de Oriente Próximo, en aquellos tiempos. Cuando regresó, y por insistencia de su padre, terminó la carrera de Magisterio, para continuar dedicándose a la música como docente y como pianista y compositor.

Fuimos vecinos en La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde conocí a su esposa e hijos. Ahora me entero que su hijo Rayko es profesor de música y compositor, y su hija Ithaysa también es docente en el Conservatorio de la capital.

Me quedo contento, pues los conocí de pequeños y veía la dedicación de sus padres en su educación y asistencia al Conservatorio.

Por lo tanto, son tres generaciones de amantes de la música y compositores: Miguelito, Néstor, Rayco e Ithaysa.

A Oscar Valencia lo conozco desde que estudiamos en el colegio. Era un chico inteligente y muy aplicado. Luego empezó su carrera musical con el conjunto aldeano Los Grajos, grupo muy popular por la calidad de sus canciones y por ser el primer conjunto que se fundó en La Aldea.

También compuso entre otras canciones Soy Aldeano que es una de las más populares y que nunca falta en ninguna fiesta del pueblo.

Cuando tuvimos que emigrar a la ciudad seguimos teniendo esporádicos contactos en partidos de fútbol sala o de billar, donde lo pasábamos muy bien.

De esta forma Néstor y Óscar siempre han sido mis amigos y colegas, unidos por el entrañable amor que profesamos a nuestra querida Aldea.

viernes, 9 de enero de 2009

¡Qué bien lo pasaba!


El ping pong siempre ha sido uno de mis deportes favoritos.

Mi infancia fue realmente divertida. Desde pequeño mi interés máximo fue jugar al fútbol. Ya en mis primeros años mi padre me regaló un balón de reglamento que era más grande que yo.

Recuerdo que a los seis años de edad asistí por primera vez a la escuela de don Juan Márquez. En casa siempre repasaba las lecturas con mi padre o con mi primo Antonio, que vivía con nosotros. Era feliz, me gustaba ir a la escuela, así como jugar en los recreos, que tenían lugar en la Plaza.

Una vez los alumnos mayores recaudaron dinero para la Santa Infancia. Mi madre me dio media peseta como aportación, pero con tan mala fortuna que en el trayecto a la escuela se me perdió la moneda. Yo no me atreví a decírselo a mi madre. Juanito el de Félix, como representante de los alumnos, me preguntaba cada día:

-Juan Antonio, ¿trajiste tu aportación?

Y yo, muerto de miedo, pues era pequeñito y Juanito ya era un chico mayor, le contestaba que no.

-A ver si mañana la traes, aunque sean 5 céntimos.

Y él insistía cada día y yo le daba la misma respuesta.

Hasta que alguien le comentó a mi madre la situación y me volvió a dar una moneda para aquella buena causa.

Y yo me quité un gran peso de encima que me tenía abrumado.

El primer lugar de juegos fue el enorme solar que se encontraba muy cerca de mi casa, pero pronto edificaron allí el Moderno Cinema.

Más tarde jugaba al fútbol en la finca de los Calixto, donde el equipo local celebraba sus partidos de fútbol.

A los diez años pasé a estudiar para el Ingreso al Bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, que se encontraba ubicado en unas dependencias del Ayuntamiento, pero pronto nos trasladamos al nuevo colegio construido con muchos sacrificios por los profesores: Srta Carmen Afonso, don Paco el médico y don Federico. Los consideramos unos héroes y a quienes les estamos muy agradecidos, pues gracias a ellos muchos pudimos estudiar.

En el antiguo salón del colegio, en el Ayuntamiento, se estableció la sede de la O.J.E (Organización Juvenil Española). Enseguida compraron una mesa de ping pong, tenis de mesa. Este juego me cautivó desde el principio, tanto que en poco tiempo conseguimos jugar bastante bien. En vacaciones de verano Gustavo y yo entrábamos por un postigo y practicábamos este deporte desde por la mañana. Muchas veces mi madre me tenía que ir a buscar allí para almorzar, cenar o para ir a la cama. Abelito y otros mandos de la Organización nos sancionaron con unos días sin entrar por habernos colado sin permiso. Y porque éramos reincidentes.

Gustavo era al que más me costaba ganarle. Antoñito Ramírez, que era mayor que nosotros, y que había aprendido en la ciudad, jugaba muy bien, estábamos casi a la par. Un día él quiso apostar el dinero que tenía para el cine y me dijo:

-Juan Antonio, ¿quieres apostar tres pesetas, que tengo para el cine, a tres partidos, los dos mejores?

- Bueno, le contesté. Yo sabía que no disponía de ese dinero, pero confiaba en ganar.

Después de una dura confrontación salí vencedor.

Él me dijo:

-Eres el ganador, te doy las tres pesetas.

-No, le contesté. Vete al cine con ese dinero.

Por lo que se fue contento, a pesar de haber perdido.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La Aldea de San Nicolás- La finca de Castañeta


Higuera de higos blancos
La finca de Castañeta es un lugar entrañable, del que tengo muchos recuerdos. Desde pequeño estuve muy relacionado con ella.
Se encuentra situada entre el Barranco de Tejeda - La Aldea, y una cadena montañosa.
Los primeros recuerdos que tengo es cuando caminaba con mi padre entre los tomateros, que ya estaban "amarrados al burro", esto quiere decir que se encontraban ya a la máxima altura. Yo iba delante de él. De buenas a primeras miraba hacia atrás y ya no lo veía. Mi alma daba un vuelco, de miedo. Yo gritaba llamándolo:

-Papaaaaaa

Y el aparecía siempre sonriendo:

-Estoy aquiiiiiiiii.

Y así se repetía una y otra vez hasta que me di cuenta que era un juego entre ambos.

Finalmente llegábamos a una enorme higuera de higos blancos que me parecía un gigante de grandes brazos. Bajo su sombra nos sentábamos a comer unos deliciosos higos.

Durante la zafra del tomate se cosechaba mucha fruta que era recogida por los camiones en grandes cajas. Terminado el periodo de los tomates se plantaba millo (maíz).
Siempre se recogía gran cantidad de piñas, mazorcas. Luego se hacían juntas entre los medianeros, vecinos y familiares para desgranar el millo.

Una vez me pareció tan enorme la cantidad de piñas que le dije a mi madre:

-Mamá, mamá, papá es rico.

-¿Y de qué, mi niño? -Me preguntó ella.

-Yo, feliz, le respondí:

-De palotes (llamados carozos, piezas que quedan tras desgranarlas).

A un lado de la finca mi padre construyó un hermoso gallinero del cual estábamos todos orgullosos. En cierta época se escuchó que había un ladrón de gallinas rondando por el pueblo. Yo, ni corto ni perezoso, me fui al gallinero y clavé unos palitos delante de la puerta para que el presunto ladrón no pudiera abrirla para robarnos las aves.

Gracias a Dios que aquel sujeto no apareció por allí.

¡Bendita inocencia!
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Foto tomada de la Red