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domingo, 20 de diciembre de 2009

Recuerdos de la Navidad en La Aldea de San Nicolás


Son muchos los recuerdos de aquellos tiempos en que celebrábamos la Navidad en mi pueblo natal, La Aldea de San Nicolás.

Desde principios de diciembre empezábamos a preparar con mi madre el portal de Belén. Íbamos de excursión a Risco Prieto a buscar rocas apropiadas para el portal. Cruzábamos el barranco Grande, el de Tejeda- La Aldea, luego subíamos por el barranquillo de Castañeta hasta llegar a la montaña elegida para la búsqueda.

Pintábamos con anilina los papeles que luego hacían de montañas, desempolvabámos las figuritas que permanecían durante todo el año envueltas en papel de periódico, diseñábamos el río, los caseríos, los rebaños de ovejas y demás elementos del portal de Belén.

Recuerdo los bollitos de anís y los garapiñones almendrados que preparaba mi madre con tanto esmero para celebrar la Navidad. Así como la cena junto a toda la familia. Estas son imágenes que quedaron grabadas en mi mente de forma indeleble y que al recordarlas me hace vivir con nostalgia aquellos viejos tiempos en que veíamos todo con los ojos de la inocencia, del amor familiar, las tradiciones y el ambiente cristiano en el que el Niño Jesús era el protagonista principal.

A las doce de la noche del 24, asistíamos con todo recogimiento y devoción a la Misa del Gallo en que se celebraba el nacimiento del Niño Dios, al término de la cual pasábamos en fila a besarlo en su rodilla, después de que el sacerdote, don José Perera o don Miguel López, limpiaran el lugar donde lo había besado el anterior.

Hacía frío durante la Navidad en el pueblo, pero era cálido el corazón de todos los familiares y amigos que compartíamos el Nacimiento del Salvador.

Son hermosos los recuerdos que conservo de la Fiesta de Navidad en La Aldea, pues de pequeños nos parecía que en sí ya el pueblo era un portal de Belén.
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Foto Noelia M. M.
Playa de La Aldea de San Nicolás
Gran Canaria - España



miércoles, 21 de octubre de 2009

Aquella calle entrañable de mi Aldea


En primer plano la casa de la Sra. Mariquita Salomé, a continuación la sala de billar de Eduvigis, luego la tienda de la misma. Y frente de éstas, La Plaza, llamada actualmente La Plaza Vieja.

Esta pequeña calle sobrevive al tiempo en mi memoria por haber sido un lugar entrañable durante mi niñez.

Yo vivía en el número 43 de la calle General Franco, frente del Ayuntamiento y del Cine Nuevo. Para llegar a la escuela caminaba unos cuatrocientos metros.

A la izquierda de la calle se encuentra la casa de Mariquita Salomé, como la llamábamos nosotros. Ya era una señora mayor amante y defensora de su casa que no quería que los niños se la rayaran, ni ensuciaran, por lo que se enfadaba mucho con los que lo hacían.

Algunas veces los niños poco respetuosos la hacían enfadar intentando ensuciarle la acera o las paredes de la casa. Como se puede observar la casa tiene en su frontis unos ladrillos labrados muy bonitos que nos llamaban mucho la atención por ser únicos en el pueblo.

Ella había alquilado una habitación grande de su casa, que daba para la calle principal, al Ayuntamiento donde se estableció la escuela de don Juan Márquez, a la que asistí desde los seis años hasta los 10 en que me inscribí en el Colegio Sagrado Corazón, con el fin de pasar la prueba de Ingreso al Bachillerato.

Los recreos los disfrutábamos en La Plaza, en la que no faltaban los juegos de pelota o juegos infantiles tradicionales. Ya de jovencitos era el lugar donde paseábamos los chicos por un lado y las chicas por otro y, al cruzarnos, ya se establecían las primeras miradas y coqueteos. Amenizaban las tardes, con música dedicada, desde la casa de la familia de Rita, en el segundo piso, frente a La Plaza, por la calle General Franco, debajo se encontraba el bar de los Ojeda.

Años más tarde asistíamos en el mismo lugar a unas verbenas espectaculares. Recuerdo que para las Fiestas Patronales venían de la isla de Tenerife orquestas de renombre. También cuando regresó a la isla Antonio Sosa, después de haber estado durante muchos años por América, con su maravilloso clarinete tocando merengue, que era una novedad en el pueblo. Tuvo una repercusión espectacular.

En la casita pequeña y blanca del fondo se encontraba la farmacia de don José Socas López.
En esta calle se cayó mi madre, debido a que se encontraba en mal estado, puesto que la tenían patas arriba por obras, cuando nos dirigíamos a la farmacia. Tuvimos que asistir a la consulta de don Paco el médico, donde fue curada de unas heridas en las rodillas. Yo era muy pequeño y me llevé un gran susto viendo a mi madre cómo se lamentaba.


La antigua plaza fue construida a un nivel superior al actual. Tenía cuatro puertas justo en el centro de cada lado. La que daba para esta calle y la del lado contiguo, siguiendo el movimiento de las manillas del reloj, eran bajas, sólo un par de escalones. Y las otras dos eran muy altas, tal vez quince o más peldaños. Tenía un precioso kiosko en el centro con varios pilares de soporte, los cuales teníamos que regatear también, cuando jugábamos al fútbol.

La Plaza, pasados unos años, seguía siendo el lugar para jugar partidos de fútbol muy entretenidos, especialmente por la noche, cuando ya todos se habían retirado a sus casas.

Recuerdo una época en que jugaba casi todas las noches con mi primo Víctor y con Carmelo el de Panchito, el chófer de Manuel Ruiz, siendo yo unos años más pequeño que ellos. Años más tarde coincidí en la UD San Nicolás con mi primo, él jugando de portero y yo de delantero.

En la casa contigua a la de Mariquita Salomé estaba la tienda de Eduvigis, la cual tenía un salón adyacente con juegos recreativos, especialmente algunas mesas de billar y futbolines. Allí fue donde aprendí a jugar al billar, viendo cómo hacían carambolas increíbles los mayores. Posteriormente continué jugando en la sala que abrió Marcelino, el primo de mi padre y en la Sociedad, donde ya competían jugadores de gran calidad como Pedro Montesdeoca, el más completo de ellos, Antonio "el Chotis" y Antoñito Quintana, mi padre.

Siempre que vuelvo a mi Aldea revivo aquellos inolvidables momentos que me dejaron recuerdos imborrables. Me emociono al recorrer las calles de mi niñez, recordando personajes y hechos que marcaron toda mi vida.

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Fotos Juan Antonio








martes, 22 de septiembre de 2009

La Aldea de San Nicolás: El largo camino hacia la democracia


El pueblo expectante a las palabras del Gobernador Civil y del Presidente del Cabildo. Los niños, jóvenes y mayores esperando buenas nuevas por parte de las autoridades. (En la foto me encuentro yo, ¿alguien me puede reconocer? Estoy en tercera fila, a la izquierda.)


Mi generación, los nacidos poco después de terminada la II Guerra Mundial, en la que España no participó activamente, porque estaba desgastada por la Guerra Civil, terminada en 1.939, y por el bloqueo de los países vencedores de la contienda mundial a que fue sometida España, nos criamos en la más absoluta miseria democrática y oscurantismo político.

.En los libros de Política nos explicaban que el Alzamiento Nacional fue bendecido por Dios en beneficio de la Patria, como un acto de salvación nacional.

Tuvimos en el Colegio un profesor, don Juan "El Pipa", que era carismático, un día nos mandó a comprar un cuaderno porque nos iba a dictar apuntes que pensábamos nosotros que nos iba a aportar un poco de luz sobre la situación política.
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Lamentablemente, el día que ya teníamos el cuaderno abierto para empezar la clase, y que estábamos muy ilusionados, se enfadó con alguien por portarse mal y nos castigó con no hablar sobre el tema. ¿Cogió miedo de tratar aquel espinoso asunto en aquellos momentos en que era prohibido hacerlo? Nosotros nos quedamos muy decepcionados.
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Recuerdo unos pocos años más tarde, siendo ya un muchacho, que le pregunté a un humilde trabajador que tenía cierto parentesco conmigo:

-Santiago, ¿es verdad que José Antonio Primo de Rivera fue fusilado por los rojos por culpa de Franco?

Éste se quedó lívido y musitando dijo:

-¡Yo no he escuchado nada! Y se marchó raudo para evitar complicaciones con la Guardia Civil..

Cuando llegaban las autoridades provinciales de visita, o algún Ministro de Franco, nos alentaban a salir a la calle a darles la bienvenida y demostrarles nuestro agradecimiento por su labor.
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Un acto increible y valeroso, que quedó en mi mente, fue cuando el señor Juan Suárez, primo de mi padre, en plena Dictadura, salió a la calle con motivo de un referéndum, protestando a gritos por la chapuza que se estaba realizando y dando vivas al comunismo. En toda mi vida nunca vi personalmente a un hombre tan arriesgado y valiente defendiendo la democracia y sus ideales, teniendo en cuenta el férreo control a que estaba sometido el pueblo.
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Intervino la Guardia Civil, pero no sucedió nada. Probablemente le "sugirieron" que se metiera en su casa.
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Más tarde, con motivo de la Promulgación de la Ley Orgánica del Estado nos pegamos a los transistores para poder captar algún atisbo de democracia.
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Yo creo que no éramos muy conscientes de ésta, pues una vez me preguntó una señora alemana si creía que había democracia en España y yo le contesté que creía que sí.
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De pequeños estuvimos afiliados a la OJE (Organización Juvenil Española). Éramos aleccionados con las normas y canciones del Régimen. No obstante eso, fuimos muy felices, puesto que salíamos del pueblo todos los domingos en el camión de la Organización, conducido por mi tío Fidel, para participar en campeonatos de diversas modalidades deportitivas. Era todo una fiesta, durante todo el trayecto nos lo pasábamos cantando y divirtiéndonos. Para todos nosotros era un auténtico premio salir del pueblo, ya que muchos no teníamos posibilidad de hacerlo de otra manera.

Posteriormente me di cuenta que no hubo democracia hasta unos años después de haber fallecido el Dictador.
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Ahora me percato de lo que es la democracia, el valor que tiene la libertad, la división de poderes y el control efectivo al ejecutivo por parte de la oposición. De ahí que esté en contra de cualquier tipo de dictadura, no importando qué ideología, ni motivaciones tuvieren.

.A pesar de no haber democracia, fuimos felices en nuestra Aldea. Sólo me pesa en el corazón no haber podido hacer nada en contra de la remodelación de la antigua Iglesia de La Aldea y de la Plaza, y de la utilización de parte de la piedra de Risco Redondo para transformarla en gravilla para asfaltar las calles del pueblo, dejándonos heridos para siempre, al Risco y a nuestra alma. En aquellos tiempos nadie osaba levantar la voz ante las decisiones oficialistas, so pena de terminar entre rejas.
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miércoles, 19 de agosto de 2009

La Plaza de mi pueblo (Aldea de S. Nicolás)


Hermosa Plaza
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aviva mis recuerdos
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en mi soledad.

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Foto: FEDAC
Plaza de La Aldea de San Nicolás y procesión.
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La Plaza de mi pueblo, lugar entrañable donde jugábamos de pequeños, fue derribada y sustituida por una moderna. Lo mismo sucedió con la hermosa y antigua iglesia.
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No sabían los gobernantes de aquella época que tanto la iglesia como la plaza eran iconos del pueblo que componían las raíces y la historia colectiva del pueblo.
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Pobres gentes. Ellos creían que se podía comenzar a elaborar la nueva historia del pueblo de la nada.
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Pero no importa, ambas quedan en nuestra alma como tesoros que perdurarán para siempre.
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martes, 11 de agosto de 2009

La Aldea de San Nicolás: La Casa del Balcón y otras anécdotas

La Casa del Balcón, de Felisa; al lado, la casita-pensión de Maloles y, a continuación, la casa del curato, con un balconcito. (Foto tomada de la FEDAC.)
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En nuestro corto entorno, donde nos movíamos cuando éramos pequeños, sobresalía el balcón de la casa de Felisa. Era de madera y estaba situado justo encima de la puerta de su casa, por lo que era referencia de nuestra altura.
Al principio veíamos cómo los niños grandes saltaban y lo tocaban sin esfuerzo alguno. Nosotros, con los ojos como platos, los mirábamos asombrados, con envidia.
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Poco a poco nos fuimos aproximando hasta terminar tocándolo con la punta de los dedos. Ya podíamos considerarnos de los grandes. Entonces nos fijábamos en los pequeños que se esforzaban por tocarlo, pero aún estaban un poco lejos de conseguirlo.
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¡Cómo es la vida! Todo es relativo.
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Foto actual de la casa del balcón. Foto de Yeyo Gil. (http://yeyo.lacoctelera.net/).
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En nuestro camino hacia la escuela de don Juan Márquez, a la que asistía, a la Plaza, lugar de juegos y paseos, y a la iglesia pasábamos ineludiblemente por “La Casa del Balcón”. A veces nos parábamos a esperar a los amigos en el poyito que se encontraba en un recodo de la esquina de la casa. Allí jugábamos a la “levantada” de “estampas” (cromos). O era lugar de descanso o de charla con los amigos.

Ese poyito ya es historia, puesto que tuvieron que desaparecerlo, ya que algunos malintencionados le daban otro uso poco decoroso, pero para los que no lo conocieron, lo pueden observar en la primera foto.

Un vecino me contó que en la casita que se observa entre la casa de Felisa y la del curato existía una pensión, a finales del S. XIX, regentada por Maloles y que un extranjero que se hospedaba en ella fue asesinado para robarle, cuando se dirigía a pie hacia la capital de la isla.
Un poco más hacia abajo se encontraba la casa que fue del famoso cura Vicente, ya tratado en algún post anterior.

Una anécdota que me contó mi padre, que vivía en esa casa también de joven, fue la siguiente:

El Sr Obispo, Monseñor Pildain y Zapiain, se encontraba de visita en casa del cura Vicente. Un día de madrugada un gato empezó a maullar y era tanto lo que incordiaba que el Obispo se levantó en calzoncillos para espantarlo. Mi padre también hizo lo mismo en calzoncillos, pero dice que el Obispo no se percató de su presencia.

Otra anécdota fue que una vez se encontraban almorzando en la cocina mi abuela María, su hija Hortensita y las personas de servicio, cuando bajó del segundo piso el Obispo, que ya lo había hecho con el cura Vicente, y poniéndose las manos en jarra exclamó: ¡Vaya banquete!

Por debajo de la casa del cura Vicente vivía Farero, tío de Micaela la de la Placeta. Su ideología era de izquierdas, contraria a la de su vecino el sacerdote. A pesar de eso, cada día se echaban sus grandes parrafadas, pues eran muy amigos.

Un día le avisan que su amigo Farero había fallecido. El cura se apresuró y llegó a la casa del difunto y tomándole el pulsó, exclamó: Todavía no ha muerto, por favor, salgan de la habitación. Así lo hicieron todos.
Al cabo de un rato sale el cura Vicente y dijo: Acaba de morir.
Ocurría en aquellos tiempos que la Iglesia Católica tenía una norma que era que si alguien moría sin confesar tenía que enterrarse sin acompañamiento del sacerdote en una esquina del cementerio. Y él no iba a permitir que a su amigo se le diera esa clase de sepultura.

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jueves, 23 de abril de 2009

La Aldea de San Nicolás: "Pasión por el fútbol"

Yo nací para jugar al fútbol, para divertirme con los amigos y para competir. Era un apasionado de ese deporte.
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Recuerdo que desde muy pequeño los Reyes Magos me trajeron un balón de reglamento con el que jugábamos en la Finca de los Calixto.
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Cuando llegaba de la escuela a mi casa, dejaba la maleta y recogía el esférico para ir a jugar. Allí me encontraba con los amigos para hacer pachangas, o jugar al bobo, que era el que se quedaba en el centro para tratar de quitarnos la pelota.
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También jugábamos partidos con todos los asiduos que sabían dónde pasar un buen rato. Al final terminábamos sudando y pasábamos por la barbería de Antonio para tomar agua fresca del porrón.
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Todos los días seguía el programa Radio Gaceta de los Deportes, a las 20,30, en Radio Nacional de España, desde que el Real Madrid ganó la primera Copa de Europa, con la legendaria delantera: Kopa, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento. Era una vetusta radio que se escuchaba muy mal, con muchas interferencias.
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Asístía en el citado campo de fútbol de la Finca de los Calixto a los entrenamientos del equipo del pueblo, dirigidos por Chirivella, muy buenos jugadores como Sario, Antonio, el portero, y otros que han quedado en el recuerdo de los buenos aficionados.
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Mi padre conducía uno de los coches que llevaban a los jugadores a enfrentarse a grandes equipos del norte de la isla como el Unión Moral y el Guía. Yo les acompañaba, siendo muy pequeño, y disfrutaba viendo jugar a mis ídolos. En el coche cantaban toda clase de canciones de la época. Recuerdo la canción que más repetían, era Arrivaderci Roma.
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Legendaria era la pugna deportiva entre los equipos de los Estudiantes y el de los Aparceros. Dirigidos por Nicolás del Pino los primeros, y por Pacuco, los segundos.
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Había una gran calidad entre los jugadores, por los estudianttes destacaban, además de Nicolás del Pino, Román, Abelito y Manolo Díaz; y entre los Aparceros, Pacuco, El Moganero y Pepín, un excelente portero.
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La gran mayoría de las veces ganaban los Aparceros. Una vez los Estudiantes invitaron a jugar a Miguelillo y ese domingo marcó tres increíbles goles. Miguel fue uno de los mejores jugadores que pasaron por la UD San Nicolás en mis tiempos.
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El primer partido que jugamos con un equipo de fuera fue contra la UD Moya. Ganamos por 1 - 0. Era en categoría infantil. Fue un momento inolvidable, pues nunca antes habíamos jugado con equipos foráneos.
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Más tarde se constituyó la UD San Nicolás y se construyó un nuevo estadio, Los Cascajos. Se encuentra justo al lado del barranco. Una vez nos encontrábamos jugando un partido de competición y Maso Matías había marcado tres goles, pero tuvo la mala suerte de tirar el balón al barranco. Y no se le ocurrió mejor idea que lanzarse a recogerlo antes de que se lo llevara al mar. A partir de ese momento ya no pudo hacer nada, pues las botas y medias se le habían mojado y le pesaban un quintal.
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Hubo unas temporadas en el que viajábamos a jugar a distintos puntos de la isla en dos Land Rovers, que procedían de Tasarte, cuyo propietario, y conductor de uno de ellos, era Clemente. Durante todo el trayecto nos lo pasábamos cantando bajo la dirección de Juan Suárez Quintana, un buen jugador, excelente cantante y estupendo dinamizador.
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La gente de Agaete, pueblo por donde teníamos que pasar, y con quienes hemos tenido siempre una gran rivalidad deportiva, decía: Ahí van "volando" los aldeanos , pues algunas veces pasábamos cantando la canción "Vuelo 502", de los Tres Sudamericanos, que decía: Volando, volando, a Mallorca voy con mi canción...
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Cuando me trasladé a la ciudad continué jugando en equipos de amigos o en competiciones de empresas. También participé en el equipo de fútbol sala Isabel la Católica. Jugamos en Primera Categoría, cuya liga la ganó el UD Sumarsa, con los ex jugadores de la UD Las Palmas de Primera División, Melián y Trona, y el máximo artillero luego en División de Honor " de fútbol sala, El Palillo".
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Posteriormente también disfruté jugando al tenis en el Club Deportivo Tamarasit y en Los Tarahales, de Las Palmas de Gran Canaria.


He tenido una vida feliz, aunque todo no fue miel sobre hojuelas, pero de los malos momentos siempre se aprende para no volver a cometer el mismo error.

¡Qué bueno es recordar todo lo que nos hizo feliz en nuestra niñez!


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viernes, 10 de abril de 2009

Aldea de San Nicolás. La calle de mis juegos

Los Beatles inmortalizaron la calle "Penny Lane", en Liverpool, dedicándole una canción que siempre me encantó. Era una forma deliciosa de describirla, con sus personajes y otros hechos significativos.
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Hoy quiero recordar la calle en la que pasé los años de mi niñez y de mi adolescencia.
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Era la calle General Franco. En el número 43 nacimos todos los hijos de Antoñito Quintana y de Purita Hernández, mis padres.
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Los primeros juegos tuvieron lugar en la finca en la que posteriormente fue construido el Cine Nuevo, el Moderno Cinema. Recuerdo muy bien la última vez en que hicimos la hoguera de San Juan, antes de su construcción. Fue una noche mágica, pues había una oscuridad inmensa, pero las llamas iluminaban todo el lugar y nosotros, como fantasmas, corríamos y saltábamos a su alrededor. Al año siguiente empezó su construcción y poco a poco se elevó casi hasta el cielo, según la apreciación de mi estatura. Me asombraba ver a los albañiles colgados en aquellos andamios que parecían que estaban en el aire.
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Frente a mi casa se encontraba el Ayuntamiento. Veía cómo entraba y salía gente a resolver sus asuntos. Algunas veces llamaban a mi padre para que sirviera de testigo en algún asunto. O para pedirle algo, como sucedió con Emiliano Camejo, que le pidió unos duros para salir del paso en el Juzgado, y nunca más los recuperó.
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Mi madre algunas veces le comentaba:
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-Eres demasiado bueno, Antoñito. Hasta el día en que nos casamos, tenías unos duros y se los prestaste a Emiliano, y fuiste más pelado al matrimonio que una naranja.
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Junto al Ayuntamiento vivían las hermanas Carmita y Evelia Afonso. La primera fue cofundadora del Colegio Sagrado Corazón de Jesús y profesora nuestra en el primer curso, en un aula arrendada a Paquita, en la Plaza.
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Mis padres se llevaban tan bien con Evelia, que yo pregunté:.
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-Papá, ¿ por qué no te casas con ella?
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-Porque no me pueden dar dos casares.-Me contestaba riéndose.
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Al lado de la casa de las hermanas Afonso, se encontraba la de Pepito León. Allí asistiamos a unas clases de repaso de Matemáticas, con unos alumnos mayores, pues el Colegio tenía arrendadas unas aulas.
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Pepito era un mago para los números, pero yo no sabía que era también un predistigitador. Una vez, mientras impartía clases de contabilidad, tiró un fósforo, y quedó en posición vertical, según me comentó uno de sus alumnos. ¡Increíble!
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Al lado del cine vivían las hermanas Blanquita y Asunción Segura, y junto a su casa se encontraba La Herrería de José Álamo. Era muy popular, pues állí arreglaban desde coches, motos, bicicletas, motores, hasta pequeños artilugios metálicos o construían piezas que ya no se encontraban en el mercado.
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Al lado de mi casa había un camino al que llamábamos El Callejón, que conducía a los Cascajos, junto al cauce del barranco, y a las fincas que se encontraban en la parte posterior de mi hogar. Por un postigo de la cocina, divisando las fincas de tomateros y un cañaveral que las separaba, mi abuela Eloisita nos avisaba, silbando, para que nos personáramos a almorzar.
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En la bajada de ese callejón había un cuarto, bastante espacioso, que heredé de mi primo Abel. Allí yo vivía prácticamente todo el tiempo, menos a la hora de ir a comer, que lo hacía en la casa. Nos comunicábamos por medio de un agujero que unía los dos niveles.
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Cuando inauguraron el Cine Nuevo, construyeron un cuarto, junto al mío, que daba cabida a un poderoso motor. Éste me hacía la vida imposible desde las diez a las doce de la noche, los días entre semana, y los fines de semana, desde las cinco de la tarde en adelante. Me supongo que la potencia del alumbrado público no era suficiente, por lo que tenían que ayudarse de ese potente motor. Producía un ruido estruendoso que hacía retumbar las paredes.
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Lamentablemente eran tiempos de la Dictadura en que nadie osaba presentar una denuncia ante tales atropellos. Los poderes político y económico no podían tener réplica.

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Frente a La Herrería se encontraba La Barbería de Antonio (A. Suárez Ojeda). Ésta era un lugar entrañable a la que asistí desde mis primeros años.
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Cada día pasaba a leer los periódicos, especialmente la sección de deportes. Los lunes había que ir temprano, pues la Hoja del Lunes estaba muy solicitada, pues todos seguíamos a la Unión Deportiva Las Palmas, primero en Segunda División y luego, en tiempos de Tonono, Guedes, Germán y Castellano, en Primera. También estábamos pendientes de los triunfos del Real Madrid en la Copa de Europa, con aquella delantera de ensueño Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento.
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Cuando jugábamos en el campo de fútbol de la finca de los Calixto, de regreso pasábamos sudorosos y exhaustos por la barbería a tomar agua fresca del porrón que siempre estaba dispuesto para tal efecto, con el fin de hacer un descanso y recuperarnos.
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Allí siempre había una amena tertulia, con el humor socarrón que caracterizaba a los asiduos asistentes. Nunca faltaba Rafael, mi padre, y gente de todos los barrios que pasaban a saludar y se quedaban un rato participando de la charla.
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Una vez me encontraba en el sillón giratorio, leyendo el periódico, mientras Antonio me pelaba.
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Él con otro señor mantenían este diálogo:
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-¿Y cuánto dices que te costó la finca?
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-Veinte millones, le contestó el otro. -También le compré el camión y el ganado de cabras. Los veinte trabajadores que tenía siguen conmigo y voy a contratar a otros veinte.
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Yo no estaba prestando mucha atención, pero me sonó que era un ricachón el que charlaba. Me di la vuelta y observé que era Rafael. Entonces ellos se partieron de la risa al ver que yo me había interesado en saber quién era el potentado que hablaba.

Esta calle era el lugar de juego de todos los niños de esta zona. Delante del Cine Nuevo jugábamos al fútbol o a darle a la pelota con la cabeza o con el pie, sin dejarla caer. El sitio ideal para jugar a la chapa era en los escalones del cine o delante del bar del mismo. Ese sitio también era el elegido para jugar a levantar estampas, cromos.
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El momento elegido era el mediodía en que no pasaban vehículos. Por la tarde nos íbamos a la Plaza, o Alameda, en que jugábamos a la cogida, a pompa, al escondite y a cualquier juego que alguien propusiera.
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Ya por la noche, jugábamos partidos de fútbol muy entretenidos. Había que tener calidad y saber jugar con los elementos del parque, como las paredes, el kiosko, los parterres y las salidas, dos de las cuales eran las porterías.
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Llegábamos cansados a nuestras casas, pero contentos de tanta diversión y haberlo pasado tan bien con los amigos.

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Foto tomada de la Red

sábado, 14 de marzo de 2009

La Playa de La Aldea de San Nicolás

La Playa de La Aldea quedó grabada en mi mente desde los primeros tiempos que la visité, cuando nuestra madre nos llevaba a bañarnos en unos charcos que había al lado del muelle, desaparecidos para siempre después de las obras de construcción del nuevo dique.
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.En la foto podemos apreciar en primer plano la playa de La Caletilla, desde allí nadábamos hasta el muelle. La primera vez que crucé esta distancia lo hice gracias a que mi amigo Gilberto Ramírez me prestó sus aletas. Esa proeza quedó en mi mente, pues nunca pensé que lo pudiera conseguir.
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La parte de playa que sigue la llamábamos Las Barquillas, porque era donde descansaban las barcas después de su pesado trabajo en alta mar o en las proximidades de la costa.
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La gente tomando el sol por Las Barquillas. Al fondo se aprecia el Roque, que era el lugar donde nuestros padres nos llevaban a almorzar algunos días de verano.
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Foto: Juan Antonio
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Este es el Puerto. No sé exactamente el motivo de llamarle así a esta hermosa playa de arena dorada.
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Es un lugar tranquilo, donde no va mucha gente, pues hay que llegar bordeando la costa a pie, entre rocas, evitando algunos erizos y rasparse con las piedras. La costa por esta zona es alta y rocosa; cuando sube la marea es imposible acceder al puerto o regresar al muelle, por lo que hay que tomar un sendero por la montaña.
El gentío que se aprecia está disfrutando de la fiesta de El Charco, que está considerada de interés turístico nacional. Se celebra el 11 de septiembre, un día después del día de San Nicolás de Tolentino, patrón del pueblo.
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Ya expuse todo lo referente a esta fiesta en un post anterior.
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La costa norte de la isla, desde la capital, Las Palmas de Gran Canaria, hasta el sur es alta y rocosa, adornada de vez en cuando por hermosas playas de arena negra, sembrada de pequeñas piedras a las que tuvimos que acostumbrarnos. Y cuando íbamos a una de arena, las echábamos de menos.
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Una vez hicimos una excursión desde La Aldea a la Playa de Maspalomas, que se encuentra en el sur de la isla. Invitamos a Ángela, una amiga de mi hija. Cuando regresamos le preguntamos si le había gustado aquella playa.
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Ella contestó:
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-Estaba bien, pero la arena me ensuciaba los pies.
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Cada vez que regreso al pueblo de vacaciones, no dejo de ir a la playa a bañarme por el Muelle, que es como una piscina, y por el Puerto, donde puede uno pasar un rato agradable y tranquilo, respirando el aroma del terruño que nos vio nacer.
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Los baños están recomendados para aliviar varias patologías o para mantenerse en forma. Tenemos la gran suerte que nos podemos bañar durante todo el año en Canarias, pues el agua se conserva siempre a muy buena temperatura.
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Fotos tomadas de la red

martes, 3 de marzo de 2009

Nuestros juegos infantiles


¡Cuánto disfruté cuando niño!

Me pasaba la mayor parte del tiempo jugando y tuve la suerte de tener unos padres maravillosos. Eran personas de paz y de amor, por lo tanto, en nuestra casa reinaba la armonía.

Yo estaba loco por el balón. Siempre que podía, que era casi todo el tiempo, jugaba al fútbol. Parecía que estaba en la gloria cuando jugaba partidos o simplemente acariciaba el esférico como si fuese el más preciado tesoro.

Quería emular a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Kopa...Jugadores del Real Madrid que se paseaban por el Viejo Continente ganando Copas de Europa.

En las tardes que no practicaba fútbol, me reunía con los amigos para jugar al trompo, o peonza. Recuerdo cuando teníamos que recorrer una distancia golpeando con nuestro trompo a otro hasta llegar a la meta. En el recorrido había que salvar profundos charcos, hoyos o pistas polvorientas. Son recuerdos que quedan en el cerebro para siempre.

Otras veces llegaba el tiempo de levantar estampas o cromos, con la palma de la mano.

También jugábamos a la laja de piedra, que lanzábamos hacia un pivote, llamado tángara, que se encontraba a una cierta distancia. Sobre él colocábamos estampas, monedas u otros objetos, y el que quedara con su laja más próxima a ellos sería el ganador.

Por la noche nos gustaba jugar al escondite. Era curioso cómo había niños que podían permanecer mucho tiempo escondidos encima de un árbol o daban una increíble vuelta, para luego aparecer por el lugar menos esperado.

Un juego que me encantaba consistía en hacer un círculo en el que se encontraba una pelota en el centro. Cada uno de los niños había elegido un equipo de fútbol y nos colocábamos al borde del círculo. Al ser nombrado, teníamos que coger la pelota y lanzarla contra alguien que corría para evitar el pelotazo.

Se escuchaba:

-Bayer Munich- y salía a recoger la pelota el niño que había tomado el nombre de ese equipo.

-Real Madrid- y partía raudo otro para intentar darle a algún compañero.

-Oporto...Pum...¡Ah, qué pena, no le di!

Había que golpear a alguien con la pelota para conseguir un punto y los otros evitar que les alcanzaran.

En el juego no se escuchaba que jugaran Pepe, Juan o Andrés. Sólo los nombres de los equipos, conocidos en aquellos tiempos por jugar en la Copa de Europa.

Otro juego divertido era "la cogida" que nosotros llamábamos "carabina", que consistía en que se quedaba uno para ir cogiendo a los demás. El que fuera tocado quedaba eliminado.

Muchos otros juegos aún permanecen en nuestra retina y en nuestro corazón, así como aquellos amigos que nos acompañaron en tan deliciosa época.

viernes, 20 de febrero de 2009

La "begnéfica" sobre los campos




Ayer, 19 de febrero, cambió el tiempo. Después de unos días de sol y de calor, llegó la lluvia reparadora.


Esta lluvia me hizo recordar aquellos días en La Aldea en que caía una fina lluvia, persistente, que dejaba un olor a mojado que aún hoy recuerdo con placer y mucha nostalgia.


Los olores a tierra mojada se impregnaron en mi cerebro y morirán conmigo. También quedaron aquellos colores de las hierbas, de las plantas y árboles cuando la fina lluvia los acariciaba.


Era un infinito placer el caminar y correr por los caminitos entre la hierba o entre muros de piedra resplandecientes por el agua de la lluvia.


Recuerdo a mi abuelita Eloísa que, cuando llovía, se asomaba por la ventana de la cocina, donde podía apreciar un paisaje maravilloso de montañas y, en las cercanías, fincas con cultivos de tomateros, árboles y hortalizas. Entonces, feliz, exclamaba:


-"La "begnéfica" sobre los campos!


Esta expresión ha pasado de generación en generación hasta el día de hoy. A mí me place decirla cuando llueve. Me siento muy a gusto gritándola a los vientos, recordando aquellos viejos tiempos entrañables con mi abuela.


-La "begnéfica" sobre los campos.


Cada vez que llueve se me agranda mi alma pronunciando las palabras de aquella viejita adorable que era mi abuelita Eloísa.


Ella nos defendía cuando mi abuelo o mi madre pretendían castigarnos por alguna diablura que habíamos hecho:


-No te atrevas a pegar a los niños, exclamaba protectora.


Y todo volvía a la calma, mientras nos protegía en su regazo. Nadie se atrevía a tocarnos, ante su amor y determinación.


¡Quién no tiene entrañables recuerdos de sus abuelos!


miércoles, 4 de febrero de 2009

La Aldea de San Nicolás. El camión de la Presa

Tortilla de papas. -Se me hace la boca agua, "usté".

Mi padre era un enamorado de la conducción de vehículos. Empezó a manejar a la edad de 15 años, cuando transportaba tomates desde el pueblo hasta el Muelle.

Él me contaba que su padre le ponía la segunda velocidad y llegaba a la playa sin cambiar. Para regresar, alguien le ayudaba a poner la misma marcha para llegar al pueblo. Así hasta que aprendió a conducir. A los 18 años sacó la licencia y estuvo conduciendo hasta los 85.

Trabajó de chófer en un camión de la Constructora de la presa de El Caidero de la Niña. Entró a trabajar en sustitución de su amigo Celestino que se había lesionado de forma permanente.

El camino a las presas, que era estrecho y de tierra, sin ninguna protección, era, por ende, sumamente peligroso. La peligrosidad aumentaba debido a que el camión era viejo y se encontraba en no muy buenas condiciones.

A pesar de todo eso, era un camino precioso, a lo largo del Barranco Tejeda - La Aldea.

Se sale del pueblo y se encuentra uno el barrio de El Molino de Agua, construido en la falda de una montaña, luego pasamos tres puentes y se llega a Salado, de muy pocas casas. Después de pasar el barranco de Tifaracás, se sube un desnivel considerable, utilizando unas cerradas curvas en zig zat hasta lo alto. A continuación se sigue hasta la Presa, y, a unos 500 m, se encuentran las casas donde se alojaban los trabajadores.

Varias veces se rompió el camión por lo que mi padre tenía que volverse caminando.

Una vez le pasó eso en la víspera de Reyes. Mi madre, mi hermana Marisa y yo estábamos esperando muy preocupados porque mi padre no aparecía. Al fín llegó a tiempo de colocar los juguetes en los zapatos de mis hermanos y en los míos.

Otra vez, yo le acompañaba cuando se rompió el camión en horas de almuerzo. Y como se tardaba mucho en recorrer los kilómetros, hasta llegar a la casa, me entró tanta hambre que le dije:

-Papá, ¿cuánto pagarías por una tortilla de papas calentita?

Y mi padre, para alargar la conversación, me contestó con otra pregunta:

-¿No será mejor unas papas sancochadas con sardinas?

Seguro que ocupados en esa charla gastronómica, se me pasó el tiempo hasta llegar a la casa.


























































































viernes, 9 de enero de 2009

¡Qué bien lo pasaba!


El ping pong siempre ha sido uno de mis deportes favoritos.

Mi infancia fue realmente divertida. Desde pequeño mi interés máximo fue jugar al fútbol. Ya en mis primeros años mi padre me regaló un balón de reglamento que era más grande que yo.

Recuerdo que a los seis años de edad asistí por primera vez a la escuela de don Juan Márquez. En casa siempre repasaba las lecturas con mi padre o con mi primo Antonio, que vivía con nosotros. Era feliz, me gustaba ir a la escuela, así como jugar en los recreos, que tenían lugar en la Plaza.

Una vez los alumnos mayores recaudaron dinero para la Santa Infancia. Mi madre me dio media peseta como aportación, pero con tan mala fortuna que en el trayecto a la escuela se me perdió la moneda. Yo no me atreví a decírselo a mi madre. Juanito el de Félix, como representante de los alumnos, me preguntaba cada día:

-Juan Antonio, ¿trajiste tu aportación?

Y yo, muerto de miedo, pues era pequeñito y Juanito ya era un chico mayor, le contestaba que no.

-A ver si mañana la traes, aunque sean 5 céntimos.

Y él insistía cada día y yo le daba la misma respuesta.

Hasta que alguien le comentó a mi madre la situación y me volvió a dar una moneda para aquella buena causa.

Y yo me quité un gran peso de encima que me tenía abrumado.

El primer lugar de juegos fue el enorme solar que se encontraba muy cerca de mi casa, pero pronto edificaron allí el Moderno Cinema.

Más tarde jugaba al fútbol en la finca de los Calixto, donde el equipo local celebraba sus partidos de fútbol.

A los diez años pasé a estudiar para el Ingreso al Bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, que se encontraba ubicado en unas dependencias del Ayuntamiento, pero pronto nos trasladamos al nuevo colegio construido con muchos sacrificios por los profesores: Srta Carmen Afonso, don Paco el médico y don Federico. Los consideramos unos héroes y a quienes les estamos muy agradecidos, pues gracias a ellos muchos pudimos estudiar.

En el antiguo salón del colegio, en el Ayuntamiento, se estableció la sede de la O.J.E (Organización Juvenil Española). Enseguida compraron una mesa de ping pong, tenis de mesa. Este juego me cautivó desde el principio, tanto que en poco tiempo conseguimos jugar bastante bien. En vacaciones de verano Gustavo y yo entrábamos por un postigo y practicábamos este deporte desde por la mañana. Muchas veces mi madre me tenía que ir a buscar allí para almorzar, cenar o para ir a la cama. Abelito y otros mandos de la Organización nos sancionaron con unos días sin entrar por habernos colado sin permiso. Y porque éramos reincidentes.

Gustavo era al que más me costaba ganarle. Antoñito Ramírez, que era mayor que nosotros, y que había aprendido en la ciudad, jugaba muy bien, estábamos casi a la par. Un día él quiso apostar el dinero que tenía para el cine y me dijo:

-Juan Antonio, ¿quieres apostar tres pesetas, que tengo para el cine, a tres partidos, los dos mejores?

- Bueno, le contesté. Yo sabía que no disponía de ese dinero, pero confiaba en ganar.

Después de una dura confrontación salí vencedor.

Él me dijo:

-Eres el ganador, te doy las tres pesetas.

-No, le contesté. Vete al cine con ese dinero.

Por lo que se fue contento, a pesar de haber perdido.

lunes, 22 de diciembre de 2008

La Aldea de San Nicolás- La finca de Castañeta


Higuera de higos blancos
La finca de Castañeta es un lugar entrañable, del que tengo muchos recuerdos. Desde pequeño estuve muy relacionado con ella.
Se encuentra situada entre el Barranco de Tejeda - La Aldea, y una cadena montañosa.
Los primeros recuerdos que tengo es cuando caminaba con mi padre entre los tomateros, que ya estaban "amarrados al burro", esto quiere decir que se encontraban ya a la máxima altura. Yo iba delante de él. De buenas a primeras miraba hacia atrás y ya no lo veía. Mi alma daba un vuelco, de miedo. Yo gritaba llamándolo:

-Papaaaaaa

Y el aparecía siempre sonriendo:

-Estoy aquiiiiiiiii.

Y así se repetía una y otra vez hasta que me di cuenta que era un juego entre ambos.

Finalmente llegábamos a una enorme higuera de higos blancos que me parecía un gigante de grandes brazos. Bajo su sombra nos sentábamos a comer unos deliciosos higos.

Durante la zafra del tomate se cosechaba mucha fruta que era recogida por los camiones en grandes cajas. Terminado el periodo de los tomates se plantaba millo (maíz).
Siempre se recogía gran cantidad de piñas, mazorcas. Luego se hacían juntas entre los medianeros, vecinos y familiares para desgranar el millo.

Una vez me pareció tan enorme la cantidad de piñas que le dije a mi madre:

-Mamá, mamá, papá es rico.

-¿Y de qué, mi niño? -Me preguntó ella.

-Yo, feliz, le respondí:

-De palotes (llamados carozos, piezas que quedan tras desgranarlas).

A un lado de la finca mi padre construyó un hermoso gallinero del cual estábamos todos orgullosos. En cierta época se escuchó que había un ladrón de gallinas rondando por el pueblo. Yo, ni corto ni perezoso, me fui al gallinero y clavé unos palitos delante de la puerta para que el presunto ladrón no pudiera abrirla para robarnos las aves.

Gracias a Dios que aquel sujeto no apareció por allí.

¡Bendita inocencia!
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Foto tomada de la Red

domingo, 14 de diciembre de 2008

Vamos a la playa

Al fondo El Roque, al final de la playa hay una cueva donde siempre nos situábamos.

En verano mi padre nos solía llevar a la playa con su camioneta, que usaba para recoger los tomates de las fincas y llevarlos al almacén. Nada más saberse que él preparaba el viaje, invitábamos a algunos primos, amigos y vecinos.

Siempre nos situábamos por la zona de El Roque. Llevábamos bocadillos de tortilla, de queso y de sardinas en conserva, en aceite o en tomate.
Almorzábamos en la sombra del gigante roque. Luego, mientras los mayores descansaban o charlaban, nosotros jugábamos en la orilla de la playa o en el agua.

Cerca de El Roque se había establecido una Destilería de ron que llamábamos el Alambique, de los Rodríguez Quintana. Fabricaban un ron de alta calidad.
Una vez habían arrojado los restos de la caña de azúcar, después de haber extraido el jugo, al camino por donde pasaba la camioneta. Con la fermentación de los restos desprendía un mal olor impresionante, de tal forma que todos los chiquillos, con los dedos tapándonos la nariz, empezamos a cantar:

- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.

De esta forma llegamos cantando la canción hasta el pueblo debido al mal olor, pues se habían quedado restos en las ruedas.
Durante muchos años, cuando había algún mal olor siempre cantábamos la misma canción, recordando aquella situación que, después de todo, fue divertida.
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La foto me la regaló mi amigo Paquito.
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miércoles, 10 de diciembre de 2008

La promesa

De pequeños tenemos conceptos arraigados, ya sea por tradición familiar o por educación. Es el caso de las promesas.

Recuerdo que los mayores las ofrecían si mejoraba la salud de algún familiar o si tenían éxito con algún proyecto o gestión importantes.

Algunas personas ofrecían asistir a misa durante tres meses, días tras día. O avanzar de rodillas, en la Basílica del Pino, desde el pórtico hasta postrarse a los pies de la Virgen.

Y así podríamos enumerar numerosas promesas y los distintos motivos que las sustentaban.

Los niños no estábamos ajenos a esta tradición.

Recuerdo que una vez mi amigo Paquito y yo prometimos ir, si aprobábamos el curso, durante los meses de verano, dos veces en semana, hasta una cruz situada detrás de unas montañas.

Cada vez partíamos contentos a cumplir nuestro deber, provistos de un bocadillo y una cantimplora de agua. Después de dos horas de recorrido, llegábamos y rezábamos unas oraciones, y seguidamente nos volvíamos contentos por el deber cumplido.

Una vez hubo desacuerdo con el día en que debíamos ir a la cruz. Yo no quería ir y él se negaba a modificar el plan previsto.

Mi amigo se empeñó tanto que decidió ir solo. Yo no lo creía capaz, pues era un lugar muy lejano y solitario adonde teníamos que ir. Así que partió, pero yo le seguí a la distancia, sin ser visto.

De esta guisa anduvimos todo el camino y cuando llegamos a la cruz me acerqué a saludarle.

-Paquito, te iba siguiendo y tú ni te percataste- le dije.

-Eso crees tú, desde el primer momento vi que me seguías, pero me hice el desentendido- me contestó.

Otra vez prometí ir a misa cada día, de forma consecutiva, durante un mes, por haber aprobado, pero como ésta se decía a las 7 de la mañana, era fácil que me saltara un día, por lo que se invalidaba la serie y tenía que empezar de nuevo.

Como vi que era muy difícil cumplir aquella promesa, le escribí al Papa para que me la perdonara o para que me la conmutara, puesto que yo había leído que él tenía la facultad de hacerlo.

Del Vaticano me contestaron que lo tratara con mi párroco que él me daría la solución.

Me decepcionó la respuesta del Papa.

Al final creo que ni hablé con el párroco, ni cumplí la promesa.
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jueves, 27 de noviembre de 2008

Mi amor platónico

Hay amores que son para toda la vida. Otros que se van quedando en el camino por diversas circunstancias.

Yo tuve un amor platónico que marcó mi niñez y mi adolescencia.

Ella era una preciosa niña de ojos azules, tez muy blanca, sonrisa angelical y vestidos de princesa.

Los primeros recuerdos son de sus visitas a mi casa, a jugar con mis hermanas, tal vez tendríamos tres o cuatro años. Lo hacía con frecuencia, pues era una vecina muy cercana. Sin embargo, yo me dedicaba a jugar al fútbol.

A esa edad nos metimos una vez en un armario y, tomados de la mano, nos dimos un besito. Pasó el tiempo y yo vivía para verla, solo de lejos, pues era muy tímido.

A los siete años ella ingresó a mi misma escuela, que era solo de niños, pero su papá, que era el maestro, le cambió el nombre, de María, pasó a llamarse Mario, para que pasara desapercibida en las listas de clase.

Un año más tarde sucedió algo que me podría haber marcado para toda la vida.

En octubre, tiempo después de que habían empezado las clases, después de un largo verano, una mañana temprano, y sin mediar palabra, mi maestro, y padre de mi linda enamorada, me dio una paliza descomunal en la escuela y, para terminar, me puso de rodillas con los brazos en cruz.

Yo no sabía a qué era debido aquella tremenda agresión. Pero todo se desveló tiempo después cuando ella me comentó que se había quejado a su padre de que yo le había "dicho cosas" durante aquel verano. Lo cierto es que yo nunca supe qué fue lo que le dije, dónde, ni cuándo. Ni si fue cierto o no.

La brutal paliza no me dolió, pero me partió el alma que hubiera sido por la intervención de mi amor platónico.

Luego seguimos estudiando juntos en el Instituto de Secundaria y Magisterio. Seguía amándola, escribiéndole poemas que alguna vez los leyó y sabía que eran dirigidos a ella, pero nunca tuve el valor de hablarle y manifestarle mis sentimientos.

Con su padre siempre mantuve una cordial relación, pues el mío fue su socio y me mandaba a su casa a llevarle algo o a darle algún recado. Eso lo aprovechaba para verla y siempre mi corazón latía desbocado. Luego él y yo fuimos colegas de profesión, pero nunca se tocó el tema de la paliza, ni con ella tampoco.

Posteriormente estuve saliendo con algunas chicas y ya se me pasó ese amor tan desatinado hacía la linda niña de ojos azules.

Fue un tiempo precioso, en que entre los poemas, las miradas, el corazón desbocado y el inmenso amor que le profesaba marcaron los primeros años de mi vida.

A pesar del inmenso dolor que supone un amor de esta naturaleza...

¡Fui feliz amándola a la distancia!
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Foto Google


sábado, 22 de noviembre de 2008

Excursión a Los Palmaretes

En aquellos tiempos había un sacerdote en La Aldea de ideas modernas y de carácter abierto y dicharachero, don José Perera.

Él había reunido a unos chicos a los que preparaba para entrar en el Seminario. Pensábamos que era un grupo de elite, siempre bien vestidos, y que el cura les invitaba a merendar exquisitos manjares, nunca vistos en nuestras humildes casas.

Un día nos enteramos que se iban de excursión con él a Los Palmaretes, un hermoso palmeral con abundante vegetación, en las afueras del pueblo.

A alguno de mis amigos mayores se le ocurrió que podríamos seguirles, sin ser vistos, y que a la hora de comer les lanzaríamos flechas que se clavaran en el pan. ¡Qué imaginación infantil!

En un hermoso día de verano se reunió el grupo delante de la casa parroquial, a las 4 de la tarde, bajo un sol de justicia, y partieron.

Nosotros les seguimos a prudencial distancia para no ser vistos. Cruzamos El Barrio, el almacén de los Picos, el Molino de Viento y luego subimos la empinada y larga cuesta hasta el lugar elegido.

Cuando ellos llegaron, descansaron un rato charlando y se dispusieron a merendar.

Nosotros nos encontrábamos ocultos en el palmeral, pero no tanto, porque don José nos llamó y nos invitó a participar en el suculento banquete: bocadillos de tortilla, de mortadela, de queso, para tomar había un rico refresco y para terminar unos plátanos que sabían a gloria.

Al finalizar nos despidieron, pues ellos se disponían a realizar una actividad.


Nosotros les dimos las gracias por el trato recibido. Había sido una experiencia inolvidable.

En el camino de vuelta a casa, se me produjo una herida en la planta del pie, ya que mi zapato tenía un agujero.

Cuando llegué compungido a casa, mi madre me lavó bien el pie y me curó, y con cara de pena me dijo:

-Juan Antonio, vete a la Peletería de Manuel “el de la Sociedad”, en La Palmilla, y que te dé unos botines. Y prosiguió- Y que me lo apunte en mi cuenta.

Me dirigí hacia donde me había indicado mi madre. Me probé unos botines maravillosos, de color azul, y salí de allí más contento que unas pascuas, luciéndolos con orgullo.

Había sido un día emocionante con un final muy feliz.






Foto Google

sábado, 15 de noviembre de 2008

Nueva visita a la ciudad

Foto: Puente de Piedra y Catedral de Las Palmas de Gran Canaria

-Mañana tengo que ir a Las Palmas, ¿te gustaría acompañarme!?- me preguntó mi madre.

Yo exclamé muy feliz: ¡Desde luego, me encantaría!

Ya me imaginaba el viaje en el pirata de Paco Matoña, llegar a Camino Nuevo y tomar café con leche y unos ricos churros en la legendaria cafetería Los Ángeles. Toda una aventura para un niño pequeño que rara vez salía del pueblo más alejado de la isla.

Cuando permanecíamos unos días en la ciudad, nos alojábamos en casa de mi tío Fidel, en la calle Juan Rejón, frente al Castillo de la Luz.

Muchas veces jugaba en el parque del castillo con mi primo Fidel. Con él y sus amigos también me iba a jugar divertidos partidos de fútbol en las playas de Las Canteras y Las Alcaravaneras.

Muy cerca se encuentra el Mercado del Puerto. Allí acompañaba a mi madre a comprar pescado a Fortunata, que tenía un puesto de ricas samas. Siempre adquiría una pieza de 10 a 15 kg . Al llegar al pueblo lo freía y nos deleitábamos comiendo de él durante dos o tres días. ¡Qué delicioso era!

Por aquel tiempo en el Puerto de la Luz había un floreciente mercado pesquero, con flotas de todo el mundo. El pescado era muy económico, a unas 7 pesetas el kg, que vendría siendo actualmente a menos de 5 cts de euro. Más tarde España entregó a Marruecos el banco canario-sahariano, de abundante fauna piscícola, y, a consecuencia de esto, subió de precio vertiginosamente, con lo que no se pudo comprar nunca más tantos kgs.

Una visita obligada para los niños era La Plaza de Sta. Ana, frente a la Catedral y al Ayuntamiento, adonde se llegaba cruzando el Puente de Piedra, sobrel el Barranco Guiniguada. En esta plaza hay unas estatuas de perros, en las que los niños nos subíamos a jugar y nos solían hacer fotos como recuerdo.

Plaza de Santa Ana
Tanto el Puente de Piedra como el Barranco ya no existen, en su lugar se encuentra el Acceso a Tafira, por lo que la ciudad perdió el aire romántico que le daban, junto al Puente de Palo.

Luego, después de un largo recorrido por la carretera de las mil curvas, regresaba a La Aldea, feliz de esta nueva aventura en la ciudad.


Glosario


-Piratas. Coches particulares que funcionaban como taxis de forma ilegal y eran perseguidos por la Guardia Civil.
-Nombre de la capital: Las Palmas de Gran Canaria, aunque la gente lo denomina Las Palmas.
-Camino Nuevo: La confluencia de las calles Bravo Murillo con Perojo

-La foto de la Catedral y del Puente de Piedra es del año 1.913, pero perduró la zona sin cambios hasta el derribo de éste.

-Sobre el Barranco Guiniguada se construyó una pista de Acceso al centro de la isla.

Después de construida la circunvalación a la ciudad, se piensa derribar esa carretera para volver a contar con el barranco en su forma original. Solían plantar flores y árboles allí, pero las crecidas por las lluvias se lo llevaba todo al mar.