miércoles, 8 de diciembre de 2010

Gratitud a Senderistas de Gran Canaria

Tifaracal, La Aldea de San Nicolás. Foto de Senderistas de Gran Canaria (Juan)

Debemos ser agradecidos con Senderistas de Gran Canaria por la importante labor que desempeñan en nuestra isla y por el amor que le profesan. También porque me permiten usar desinteresadamente algunas de sus fotos e información para ilustrar y terminar de componer algunas de mis entradas en mis blogs La Aldea de Juan Antonio y en Nuevos horizontes, por lo tanto, les doy las gracias de corazón  a Tania, Javier, Juan, Nauzet, Pablo, Moisés y a los demás componentes del grupo. Senderistas de Gran Canaria poseen un blog donde recogen enlaces a videos de sus caminatas, a fotos y a las rutas que han realizado y confeccionado una importante y detallada información del recorrido, con mapas y fotos; de tal manera, que el que desee realizar un sendero sabe en todo momento el nombre y los detalles de cada lugar. Y los que por algún motivo no pueden practicar senderismo, tienen la posibilidad de disfrutar de la lectura e ir haciendo el recorrido con la imaginación. Yo tuve la oportunidad de recorrer varios senderos en nuestra isla y sé cuan bellos y espectaculares son todos. Disfrutar de las montañas, de la vegetación, especialmente valorar los endemismos, de la fauna, rincones increíbles, barrancos surcando macizos, valles y llanuras, conversar con  gente de la tierra que muchas veces viven en soledad, sólo acompañados del sol, de la luna y las estrellas, gente sana y sabia y que valora en toda su extensión nuestra amada tierra.


Cañón de Taiguy, Gran Canaria. Foto de Senderistas de Gran Canaria. (Tania) 
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Los senderistas de Gran Canaria
Aman y cantan a la dulce tierra
Aquélla que un día les viera nacer
Recorren barrancos y cañadas
Desfiladeros y montañas
Y nos dejan sus fotos y su saber
Para que todos podamos conocer
Los rincones de nuestra isla amada.

Majestuoso Cañón de Taiguy
Que nos seduce con su poesía pétrea
Orgullo de Tejeda y Gran Canaria
Con sus caideros y  cascadas
Adornan amorosos con oro líquido
Deliciosa fuente de agua divina
El Barranco del Juncal-Siberio
Tesoro que con pasión llega a La Aldea
Dando color a sus ubérrimas tierras.

El humilde Barranquillo del Sao
Juguetea alegre por el desfiladero
Sorteando rocas y tabaibas
Para dormir en el arenoso regazo
Del intrépido barranco que lo arrulla
Y desde el suelo mira al cielo
Flanqueado por formaciones rocosas
Como rostros de indios que lo miran.
Paisaje divino, dulce sinfonía amorosa.

Una vez más agradezco a Senderistas de Gran Canaria la gran labor que realizan, no sólo por todo lo expuesto más arriba, sino también por defender nuestra isla en todas las ocasiones que se presenten y denunciar todo aquello que vaya en su perjuicio. Entre todos debemos luchar contra la deforestación, contra la desidia de los responsables de su cuidado, de los que ensucian y realizan fuego de forma inconsciente y de los que hacen mal uso de nuestra tierra.


Texto: Juan Antonio Quintana Hernández

Blog: Senderistas de Gran Canaria

domingo, 5 de diciembre de 2010

Aldea de S. Nicolás: Historias de los viejos tiempos (Maestros, agricultores y exportadores)

A la derecha de la foto, con traje blanco y gafas oscuras, don Juan Márquez Ayala, y detrás, también con gafas, don Federico Rodríguez Gil, maestros de La Aldea que marcaron una época en nuestras vidas.

En los años cincuenta la vida para los niños era alegre y feliz. Nos dedicábamos a estudiar en la escuela y a jugar al fútbol con nuestros amigos en el campo de los Calixto, al lado de la Sociedad, cuyas gradas eran unas piedras donde se sentaba la gente para ver los partidos.
Desde los seis años asistí a la escuela de don Juan Márquez, en una parte de la casa de Mariquita Salomé, en la Plaza, que el Ayuntamiento alquilaba para tal efecto. Nuestro maestro era un hombre serio y poco comunicativo con sus alumnos. Por lo menos así me parecía, visto con los ojos de un niño de seis a diez años; a esa edad me matriculé en el Colegio Sagrado Corazón que estaba instalado provisionalmente en un salón del Ayuntamiento, más un pequeño y oscuro habitáculo donde antes había sido el lugar donde ensayaba la Banda de Música del pueblo, y cuando se trasladó el colegio a La Palmilla, volvió a ser el lugar donde se reunía la Orquesta bajo la batuta de Ventura Araújo. Al lado de esa habitación había un pozo donde se  podía extraer agua para beber. Si tenemos en cuenta que en ese tiempo el pueblo contaba con escasos pilares, era mérito tener agua disponible tan cerca. No obstante, el agua que llegaba no era de muy  buen sabor, por lo que había que ir a la Fuente Molinillo, en la carretera a las presas, cerca del Molino de Agua, o a Los Cascajos, al motor de seña Julia, para conseguir agua de más calidad para tomar. Ya en las casas se depositaba en unas tallas grandes y de allí nos íbamos sirviendo. Frente del pozo del Ayuntamiento estaba situado el calabozo, donde rara vez vimos que se usara para tal menester.
Don Juan llegó destinado a La Aldea y al principio no disponía de muchos recursos económicos, pero con su esfuerzo y determinación fue consiguiendo salir de la pobreza, que antes era inherente a los maestros, según el dicho: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Con ese objetivo se hizo “practicante”, ATS, el cual disponía de una consulta en su casa en la calle General Franco número 39, frente a la casa de Carmita Afonso. Una vez  mi hermano pequeño vio que llevaban a Rosendo, que fue un buen central del Imperio, a su consulta por haber sufrido un accidente. Posteriormente llegó a la casa y le comentó impresionado a mi madre que Rosendo había tenido un accidente y que don Juan le había puesto una inyección "para que no vuelva", ante las risas de los allí presentes, al ver la inocencia del niño.
Más tarde abrió una tienda en el mismo lugar, regentada por su esposa. Cierto día fueron unos hombres mal encarados a comprar  de noche, y como detrás del mostrador estaba la señora con un perrazo enorme, los chicos le dijeron que por qué no guardaba el perro. A lo que ésta les contestó que no porque era el guardián de la casa. Sólo les quedó pagar y marcharse sin más.
También montó una granja de gallinas en Los Pasitos, donde asimismo poseía una finca en la que  cultivaba tomates. Cada semana enviaba los cartones de huevos en el camión de Pepe Déniz a Arucas y a la capital de la isla.
Al principio la gente lo miraba un poco preocupado, temerosos de que sufriera un accidente, pues se montaba en su moto, de poca cilindrada, ladeado a la izquierda y llegaba a su negocio en la misma posición. Y de vuelta a su casa, lo mismo. Luego pudo adquirir un coche de marca Vauxhall y ya no existía la amenaza de un inminente y posible accidente, con ese vehículo  transportaba los huevos y los repartía a sus clientes. Por los años 60 se unió con mi padre, Antonio Quintana Bautista, en la formación de una empresa receptora y exportadora de tomates, para tal fin abrieron un almacén de empaquetado de tomates, casi frente del almacén de Miguel Marrero, frente del de COAGRISÁN. Recuerdo que algún agricultor se quejó de que el encargado le había reconocido muy bajo el peso de sus cajas de tomates, a unos 10 ó 12 kg. Entonces don Juan y mi padre le pidieron explicaciones y éste les manifestó que ésa era la práctica normal en todos los almacenes. Ellos le dieron la orden de reconocer el peso exacto que tuvieran las cajas, restando los Kg de la tara, por lo que normalmente quedaban aproximadamente de 16 a 22 Kg. Lamentablemente en aquella época los agricultores y trabajadores tenían las manos atadas, con pocas posibilidades de ejercer sus derechos, en su relación con los exportadores a quienes les llevaban los tomates y en sus relaciones laborales con ellos. Recuerdo el caso de Panchito, el chófer de Manuel Ruiz que cuando se jubiló, le dijeron que se quedaba sin retiro porque su empleador no le había pagado las cotizaciones a la S.S. También fue un hecho clarificador de la situación de los trabajadores en aquella época un hecho que fue contado por el mismo encargado a mi padre. Resulta que el gerente de una Comunidad establecida en el pueblo quería echar a su empleado y como éste se negaba le puso un saco de millo en su casa. Entonces llamó a la Guardia Civil y lo denunció por robo, por lo que el trabajador se tuvo que marchar sin indemnización.
Mi padre y don Juan tuvieron una relación de respeto y consideración. Cuando hubo unas malas zafras, con grandes pérdidas, quedaron debiendo una gran suma de dinero a Tomás Rodríguez Quintana, pariente de don Juan y bajo cuya marca exportaban sus tomates. Cierta vez un señor se acercó a mi padre y le preguntó extrañado que si don Juan era familia de él. Le contestó que no. Entonces el caballero le comentó que él, don Juan, le tenía que tener mucho aprecio, pues le había defendido ante Tomás con mucha energía y determinación.
Al final el Sr. Márquez heredó unas propiedades que hicieron que ya tuviera mucha mayor solvencia económica. Podemos resumir que él fue un hombre honorable, trabajador y amante de su familia, de su esposa Encarnita  y de sus hijos Fita, Elda y Juan.
El otro maestro, don Federico fue mi profesor en el Colegio Sagrado Corazón y se dedicó también a impartir clases particulares en sus horas libres, a las cuales yo asistí durante un tiempo. Su esposa doña Carmen le ayudaba en las tareas de docencia y nos llamaba la atención que al seis le llamaba “sais”. Entonces pronunciaba “sais por sais treintaisais”. También don Federico fue un hombre honorable que aportó su trabajo y experiencia en la fundación del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.  Él desempeñó un gran papel en la educación y progreso del pueblo, lo mismo que Carmita y don Paco.
Tuvieron dos hijos, Enrique y Joaquín. Éste último fue muy buen compañero  y una gran persona. Compartimos docencia en varios colegios durante muchos años. Poco después de celebrar su jubilación falleció repentinamente, dejando sumidos en la tristeza a su familia, amigos y compañeros. Se había casado con Toñi Pérez, también colega, y tuvieron dos hijos, Noemí y Jesús Pablo.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La Aldea de San Nicolás: Historias de viejos guardias forestales

Margarito, sentado, y mi abuelo Juan Hernández Medina (1880 - 1959), de pie.



Los guardias forestales de Inagua, Pajonales, Ojeda y Tamadaba tenían pocos medios para el cuidado y conservación de dichos pinares. Las autoridades no se preocupaban de los bosques de las islas y gracias a que algunos periódicos dieron la voz de alarma e hicieron campaña para su conservación, a principios del S. XIX, las instituciones empezaron a tomar medidas.
Al final de esa centuria y primer tercio del XX algunos aldeanos necesitados subían a buscar leña para hacer carbón y obtener unas monedas para subsistir, pues era una época de hambre y miseria. Margarito era el guardia forestal de Pajonales y Juan Hernández Medina lo era de Inagua. Algunas veces estos de forma irresponsable permitían a sus vecinos y amigos recoger la leña porque sabían del precario estado de sus economías. Una vez fueron unos pobres aldeanos a recoger leña y por medio del humo fueron localizados por la Guardia Civil. Aquéllos, al verlos llegar desde lejos, se escondieron en una cueva secreta debajo de un peñasco. Los agentes se subieron a él y desde allí otearon el horizonte sin ver a nadie, al final comentaron:
-Vámonos que los maleantes ya se marcharon.
Los aldeanos escucharon la conversación callados y contentos de no ser descubiertos y al final pudieron regresar al pueblo sin más problemas.

                                                         Pinar de Inagua. Foto Juan - Josune

Cierto día se murió un pariente de uno de los guardias y decidieron transportarlo a San Bartolomé de Tirajana. Lo estuvieron cargando hasta Ayacata, pero allí empezó a llover a cántaros. Esperaron un buen tiempo a ver si escampaba, pero como no amainaba la lluvia decidieron continuar la marcha hasta el pueblo.
-Dejaremos al muerto en esta cueva y ya volveremos a recogerlo cuando mejore el tiempo- dijeron.
Llegaron a San Bartolomé, comieron y descansaron y al fin salió el sol radiante, por lo que volvieron a recogerlo. Mientras tanto, uno que había ido a recoger leña, al ver que llegaban los guardias se escondió en la cueva oscura, sin ver al muerto. Al poco llegaron a la puerta los guardias y desde el fondo del habitáculo escucharon a grito pelado:
-Coño, ¡para buscar a uno hacen falta tantos guardias!
Al escuchar esto, los agentes salieron corriendo despavoridos.
-¡El muerto habló! ¡El muerto habló!
Al rato, cuando se les quitó el susto, volvieron y allí estaba el muerto, bien muerto.
Más tarde se enteraron lo que había sucedido y les vino el alma al cuerpo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La Aldea de San Nicolás. ¡Unos billetes para la iglesia, por favor!


El Gobernador Civil, don Antonio Avendaño Porrúa, ante el micrófono; a su derecha, don Federico Díaz Bertrana, Presidente del Cabildo de Gran Canaria; don José Perera, coadjutor; don José Rodríguez Marrero, Alcalde de La Aldea y don Miguel López, cura párroco.

En La Aldea se estaba construyendo la iglesia nueva por los años 60 y los curas, don Miguel y don José, se afanaban en conseguir el dinero necesario para tal fin. Con motivo de la visita de las autoridades nacionales y provinciales al pueblo, para hacer el seguimiento de la construcción de las presas, don José Perera pensó que era el momento de recaudar importantes fondos. Así que cuando estaban reunidos, sacó su gorrito y lo pasó a modo de cepillo. Al llegar al Ministro de Obras Públicas, don Jorge Vigón, éste muy serio le dijo: ¡Primero vamos a llenar la barriga, luego veremos los asuntos de Dios!

No obstante, el cura siguió con su acción y consiguió unos buenos billetes para la iglesia.

martes, 2 de noviembre de 2010

La Aldea de San Nicolás: ¡Me da miedo El Andén Verde!


Miguel desarrollaba una labor en La Aldea que le exigía estar en lugares lejanos, con poco margen de tiempo para desplazarse. Por ese motivo decidió adquirir un coche, a pesar que le tenía pánico a la conducción. Se fue a la capital y se lo compró. Cuando regresaba por el Andén Verde, vio que venía un camión, y era tanto el pánico que le producían sus acantilados que se arrimó a la montaña, a su izquierda, contraviniendo las normas de circulación. Al pasar, el chofer del camión paró para increparle, pero al verlo, exclamó con respeto: -Pero don Miguel ¡es usted! -Sí, hijo mío, tomé mi izquierda por temor a caer por el precipicio, y quiero llegar vivo para decir misa en La Aldea.




Juan Antonio Quintana
 
 
Foto 1: Francisco Suárez Moreno (Carretera que se ve con protección y más ancha que cuando tuvo lugar esta historia.)
Foto 2 : Alicia Julián



Historia de don Miguel López,
cura de La Aldea por los años 60.


sábado, 30 de octubre de 2010

Aldea de San Nicolás: "El motor no funciona" (Microrrelato)


Manuel necesitaba poner en marcha su motor para sacar agua del pozo. Así lo hizo, pero al instante se percató que funcionaba, pero que no salía ni una gota. Como tenía fama de bien amañado, estuvo revisando concienzudamente una y otra vez todos los componentes del motor, pero no encontró el fallo. En vista de eso lo volvió a revisar, y así tres o cuatro veces hasta que se dio por vencido. Furioso atravesó el barranco y fue a buscar a “Mastro” Pepe. Al poco tiempo regresaron y nada más entrar a la caseta  el mecánico le preguntó sonriendo: -¿"No te das cuenta que no tiene colocada la correa"? - “Mastro” Pepe, cómo esto se sepa, lo mato- le dijo rojo de vergüenza.

Antonio Quintana
Foto: Tomada de la Red



La correa de distribución realiza la transmisión de la energía mecánica del motor al receptor y permite a éste accionar el dispositivo para extraer el agua del pozo. En caso de que no se colocara la correa, y que antiguamente era de un ancho de 8 a 10 cm, el motor funcionaba, pero no sacaba agua.

Los Personajes son ficticios, pero la historia es verdadera, escuchada de gente mayor en La Aldea.

domingo, 24 de octubre de 2010

La Aldea de San Nicolás: Canto al pueblo que me vio nacer

Nací en La Aldea de San Nicolás, en 1948. Amo a mi pueblo con todo mi alma y tengo una gran herencia que me dejó mi Aldea, y que anida en mi corazón, que es la esencia de las montañas, la dulce y sonora musicalidad de las olas, el brillo refulgente del mar y el olor a tierra húmeda en invierno, cuando la lluvia nos mojaba la cara y nos refrescaba el alma. ¡Cuánto me gustaba jugar por los caminitos mojados, casi cubiertos de hierba, con la carretilla que mi padre me construyó! ¡Y cuánto me gustaba cruzar el barranco por las saltaderas y cruzar la finca entre los tomateros amarrados al burro!  ¡Y jugar en los charcos de las calles, aún de tierra, al trompo que había que sacarlo a "trompazos"!
Es tanto el amor que siento por mi pueblo que sueño de noche y de día en volver en algún momento para abrazar a la higuera del camino, saludar a los pájaros de la finca, comer los ricos mangos del manguero del barranco, bañarme y calmar mis ansias en la playa, donde tantos recuerdos me acompañan cada día. Este poema es un canto a mi Aldea, es una caricia y un abrazo a su magia siempre presente y un adelanto de mi amor expresado en verso que se complementará cuando por fin pise la tierra sagrada de mis antepasados.


Mi Aldea escondida entre riscos y montañas
bañada por el Atlántico que mecen  nuestras manos
es un valle que resplandece en Gran Canaria
y que nos llena de orgullo a todos los aldeanos.

Vigilante se encuentra en lo alto el Nublo amado
su luz alumbra a La Aldea y a toda Gran Canaria
junto al Bentayga forman los roques sagrados
que el pueblo guanche hondamente también amaba.

Aldea de mi alma, mi dulce y fiel compañera
me acompañas en cada instante de mi vida
has tornado mi erial huerta  en fértil era
recuerdos de sueños y añoranzas mías.


El incierto sino me llevó a zona muy lejana
donde el bosque, el volcán y el grandioso lago
me acarician y me hacen recordar mi tierra aldeana
y quedaron en mi alma sus montañas, su playa y su canto.

Pido a Dios que algún día su tierra vuelva a besar
y que me entierren muy cerca de la montaña
debajo de aquel ciruelo donde mi padre está
y nos llegue la brisa del mar que a mi pueblo baña.


Juan Antonio Quintana
Villarrica, 24 de octubre de 2010