Es una gran honor que me han hecho al enviarme las dos canciones de La Aldea, que saldrán en sus próximos Cds, y que me han hecho emocionar. Ya las había recibido anteriormente, pero estaba madurando la contestación, quería hacerlo con tranquilidad, sin dejarme llevar por las emociones del momento.
Yo les agradezco infinitamente todo lo que hacen por nuestro pueblo, la música alegra el corazón y une a los aldeanos con el terruño que nos vio nacer, y nos sentimos orgullosos de todos los hijos del pueblo, que aun fuera de su cobijo, luchan por él, sintiendo sus raíces en el fondo de su alma.
Ustedes dos son amantes de la música y amantes de La Aldea, esa conjunción hace que produzcan canciones entrañables que llegan al pueblo. Tengo que contarles que me alegro que sean ustedes los que potencian la unión entre aldeanos por la musica y por el arte en general. Hay otros, afortunadamente, que lo hacen en distintas facetas artísticas.
El contacto con ustedes se remonta a los viejos tiempos en que asistíamos al colegio Sagrado Corazón de Jesús.
Miguelito León, el padre de Néstor, tenía una horchatería, que yo visitaba con asiduidad. Hasta después del advenimiento de los helados de marca, seguía siendo fiel consumidor de sus helados artesanales. Una vez me lo comentó:
-Juan Antonio, eres uno de los pocos que no han sucumbido a la nueva moda de los helados.
Él fue autor de la música de la canción Playa de La Aldea, escrita por don Tomás Fernández.
Luego Néstor, su hijo, siguió sus pasos en la música, teniendo que buscar nuevos horizontes en el Líbano, la Suiza de Oriente Próximo, en aquellos tiempos. Cuando regresó, y por insistencia de su padre, terminó la carrera de Magisterio, para continuar dedicándose a la música como docente y como pianista y compositor.
Fuimos vecinos en La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde conocí a su esposa e hijos. Ahora me entero que su hijo Rayko es profesor de música y compositor, y su hija Ithaysa también es docente en el Conservatorio de la capital.
Me quedo contento, pues los conocí de pequeños y veía la dedicación de sus padres en su educación y asistencia al Conservatorio.
Por lo tanto, son tres generaciones de amantes de la música y compositores: Miguelito, Néstor, Rayco e Ithaysa.
A Oscar Valencia lo conozco desde que estudiamos en el colegio. Era un chico inteligente y muy aplicado. Luego empezó su carrera musical con el conjunto aldeano Los Grajos, grupo muy popular por la calidad de sus canciones y por ser el primer conjunto que se fundó en La Aldea.
También compuso entre otras canciones Soy Aldeano que es una de las más populares y que nunca falta en ninguna fiesta del pueblo.
Cuando tuvimos que emigrar a la ciudad seguimos teniendo esporádicos contactos en partidos de fútbol sala o de billar, donde lo pasábamos muy bien.
De esta forma Néstor y Óscar siempre han sido mis amigos y colegas, unidos por el entrañable amor que profesamos a nuestra querida Aldea.
domingo, 18 de enero de 2009
viernes, 9 de enero de 2009
¡Qué bien lo pasaba!

El ping pong siempre ha sido uno de mis deportes favoritos.
Mi infancia fue realmente divertida. Desde pequeño mi interés máximo fue jugar al fútbol. Ya en mis primeros años mi padre me regaló un balón de reglamento que era más grande que yo.
Recuerdo que a los seis años de edad asistí por primera vez a la escuela de don Juan Márquez. En casa siempre repasaba las lecturas con mi padre o con mi primo Antonio, que vivía con nosotros. Era feliz, me gustaba ir a la escuela, así como jugar en los recreos, que tenían lugar en la Plaza.
Una vez los alumnos mayores recaudaron dinero para la Santa Infancia. Mi madre me dio media peseta como aportación, pero con tan mala fortuna que en el trayecto a la escuela se me perdió la moneda. Yo no me atreví a decírselo a mi madre. Juanito el de Félix, como representante de los alumnos, me preguntaba cada día:
-Juan Antonio, ¿trajiste tu aportación?
Y yo, muerto de miedo, pues era pequeñito y Juanito ya era un chico mayor, le contestaba que no.
-A ver si mañana la traes, aunque sean 5 céntimos.
Y él insistía cada día y yo le daba la misma respuesta.
Hasta que alguien le comentó a mi madre la situación y me volvió a dar una moneda para aquella buena causa.
Y yo me quité un gran peso de encima que me tenía abrumado.
El primer lugar de juegos fue el enorme solar que se encontraba muy cerca de mi casa, pero pronto edificaron allí el Moderno Cinema.
Más tarde jugaba al fútbol en la finca de los Calixto, donde el equipo local celebraba sus partidos de fútbol.
A los diez años pasé a estudiar para el Ingreso al Bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, que se encontraba ubicado en unas dependencias del Ayuntamiento, pero pronto nos trasladamos al nuevo colegio construido con muchos sacrificios por los profesores: Srta Carmen Afonso, don Paco el médico y don Federico. Los consideramos unos héroes y a quienes les estamos muy agradecidos, pues gracias a ellos muchos pudimos estudiar.
En el antiguo salón del colegio, en el Ayuntamiento, se estableció la sede de la O.J.E (Organización Juvenil Española). Enseguida compraron una mesa de ping pong, tenis de mesa. Este juego me cautivó desde el principio, tanto que en poco tiempo conseguimos jugar bastante bien. En vacaciones de verano Gustavo y yo entrábamos por un postigo y practicábamos este deporte desde por la mañana. Muchas veces mi madre me tenía que ir a buscar allí para almorzar, cenar o para ir a la cama. Abelito y otros mandos de la Organización nos sancionaron con unos días sin entrar por habernos colado sin permiso. Y porque éramos reincidentes.
Gustavo era al que más me costaba ganarle. Antoñito Ramírez, que era mayor que nosotros, y que había aprendido en la ciudad, jugaba muy bien, estábamos casi a la par. Un día él quiso apostar el dinero que tenía para el cine y me dijo:
-Juan Antonio, ¿quieres apostar tres pesetas, que tengo para el cine, a tres partidos, los dos mejores?
- Bueno, le contesté. Yo sabía que no disponía de ese dinero, pero confiaba en ganar.
Después de una dura confrontación salí vencedor.
Él me dijo:
-Eres el ganador, te doy las tres pesetas.
-No, le contesté. Vete al cine con ese dinero.
Por lo que se fue contento, a pesar de haber perdido.
Recuerdo que a los seis años de edad asistí por primera vez a la escuela de don Juan Márquez. En casa siempre repasaba las lecturas con mi padre o con mi primo Antonio, que vivía con nosotros. Era feliz, me gustaba ir a la escuela, así como jugar en los recreos, que tenían lugar en la Plaza.
Una vez los alumnos mayores recaudaron dinero para la Santa Infancia. Mi madre me dio media peseta como aportación, pero con tan mala fortuna que en el trayecto a la escuela se me perdió la moneda. Yo no me atreví a decírselo a mi madre. Juanito el de Félix, como representante de los alumnos, me preguntaba cada día:
-Juan Antonio, ¿trajiste tu aportación?
Y yo, muerto de miedo, pues era pequeñito y Juanito ya era un chico mayor, le contestaba que no.
-A ver si mañana la traes, aunque sean 5 céntimos.
Y él insistía cada día y yo le daba la misma respuesta.
Hasta que alguien le comentó a mi madre la situación y me volvió a dar una moneda para aquella buena causa.
Y yo me quité un gran peso de encima que me tenía abrumado.
El primer lugar de juegos fue el enorme solar que se encontraba muy cerca de mi casa, pero pronto edificaron allí el Moderno Cinema.
Más tarde jugaba al fútbol en la finca de los Calixto, donde el equipo local celebraba sus partidos de fútbol.
A los diez años pasé a estudiar para el Ingreso al Bachillerato en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, que se encontraba ubicado en unas dependencias del Ayuntamiento, pero pronto nos trasladamos al nuevo colegio construido con muchos sacrificios por los profesores: Srta Carmen Afonso, don Paco el médico y don Federico. Los consideramos unos héroes y a quienes les estamos muy agradecidos, pues gracias a ellos muchos pudimos estudiar.
En el antiguo salón del colegio, en el Ayuntamiento, se estableció la sede de la O.J.E (Organización Juvenil Española). Enseguida compraron una mesa de ping pong, tenis de mesa. Este juego me cautivó desde el principio, tanto que en poco tiempo conseguimos jugar bastante bien. En vacaciones de verano Gustavo y yo entrábamos por un postigo y practicábamos este deporte desde por la mañana. Muchas veces mi madre me tenía que ir a buscar allí para almorzar, cenar o para ir a la cama. Abelito y otros mandos de la Organización nos sancionaron con unos días sin entrar por habernos colado sin permiso. Y porque éramos reincidentes.
Gustavo era al que más me costaba ganarle. Antoñito Ramírez, que era mayor que nosotros, y que había aprendido en la ciudad, jugaba muy bien, estábamos casi a la par. Un día él quiso apostar el dinero que tenía para el cine y me dijo:
-Juan Antonio, ¿quieres apostar tres pesetas, que tengo para el cine, a tres partidos, los dos mejores?
- Bueno, le contesté. Yo sabía que no disponía de ese dinero, pero confiaba en ganar.
Después de una dura confrontación salí vencedor.
Él me dijo:
-Eres el ganador, te doy las tres pesetas.
-No, le contesté. Vete al cine con ese dinero.
Por lo que se fue contento, a pesar de haber perdido.
lunes, 22 de diciembre de 2008
La Aldea de San Nicolás- La finca de Castañeta

Higuera de higos blancos
La finca de Castañeta es un lugar entrañable, del que tengo muchos recuerdos. Desde pequeño estuve muy relacionado con ella.
Se encuentra situada entre el Barranco de Tejeda - La Aldea, y una cadena montañosa.
Se encuentra situada entre el Barranco de Tejeda - La Aldea, y una cadena montañosa.
Los primeros recuerdos que tengo es cuando caminaba con mi padre entre los tomateros, que ya estaban "amarrados al burro", esto quiere decir que se encontraban ya a la máxima altura. Yo iba delante de él. De buenas a primeras miraba hacia atrás y ya no lo veía. Mi alma daba un vuelco, de miedo. Yo gritaba llamándolo:
-Papaaaaaa
Y el aparecía siempre sonriendo:
-Estoy aquiiiiiiiii.
Y así se repetía una y otra vez hasta que me di cuenta que era un juego entre ambos.
Finalmente llegábamos a una enorme higuera de higos blancos que me parecía un gigante de grandes brazos. Bajo su sombra nos sentábamos a comer unos deliciosos higos.
Durante la zafra del tomate se cosechaba mucha fruta que era recogida por los camiones en grandes cajas. Terminado el periodo de los tomates se plantaba millo (maíz).
Siempre se recogía gran cantidad de piñas, mazorcas. Luego se hacían juntas entre los medianeros, vecinos y familiares para desgranar el millo.
Una vez me pareció tan enorme la cantidad de piñas que le dije a mi madre:
-Mamá, mamá, papá es rico.
-¿Y de qué, mi niño? -Me preguntó ella.
-Yo, feliz, le respondí:
-De palotes (llamados carozos, piezas que quedan tras desgranarlas).
A un lado de la finca mi padre construyó un hermoso gallinero del cual estábamos todos orgullosos. En cierta época se escuchó que había un ladrón de gallinas rondando por el pueblo. Yo, ni corto ni perezoso, me fui al gallinero y clavé unos palitos delante de la puerta para que el presunto ladrón no pudiera abrirla para robarnos las aves.
Gracias a Dios que aquel sujeto no apareció por allí.
¡Bendita inocencia!
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Foto tomada de la Red
domingo, 14 de diciembre de 2008
Vamos a la playa
Al fondo El Roque, al final de la playa hay una cueva donde siempre nos situábamos.En verano mi padre nos solía llevar a la playa con su camioneta, que usaba para recoger los tomates de las fincas y llevarlos al almacén. Nada más saberse que él preparaba el viaje, invitábamos a algunos primos, amigos y vecinos.
Siempre nos situábamos por la zona de El Roque. Llevábamos bocadillos de tortilla, de queso y de sardinas en conserva, en aceite o en tomate.
Almorzábamos en la sombra del gigante roque. Luego, mientras los mayores descansaban o charlaban, nosotros jugábamos en la orilla de la playa o en el agua.
Cerca de El Roque se había establecido una Destilería de ron que llamábamos el Alambique, de los Rodríguez Quintana. Fabricaban un ron de alta calidad.
Una vez habían arrojado los restos de la caña de azúcar, después de haber extraido el jugo, al camino por donde pasaba la camioneta. Con la fermentación de los restos desprendía un mal olor impresionante, de tal forma que todos los chiquillos, con los dedos tapándonos la nariz, empezamos a cantar:
- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.
De esta forma llegamos cantando la canción hasta el pueblo debido al mal olor, pues se habían quedado restos en las ruedas.
Durante muchos años, cuando había algún mal olor siempre cantábamos la misma canción, recordando aquella situación que, después de todo, fue divertida.
Siempre nos situábamos por la zona de El Roque. Llevábamos bocadillos de tortilla, de queso y de sardinas en conserva, en aceite o en tomate.
Almorzábamos en la sombra del gigante roque. Luego, mientras los mayores descansaban o charlaban, nosotros jugábamos en la orilla de la playa o en el agua.
Cerca de El Roque se había establecido una Destilería de ron que llamábamos el Alambique, de los Rodríguez Quintana. Fabricaban un ron de alta calidad.
Una vez habían arrojado los restos de la caña de azúcar, después de haber extraido el jugo, al camino por donde pasaba la camioneta. Con la fermentación de los restos desprendía un mal olor impresionante, de tal forma que todos los chiquillos, con los dedos tapándonos la nariz, empezamos a cantar:
- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.
- Fo, fo y siempre fo.
De esta forma llegamos cantando la canción hasta el pueblo debido al mal olor, pues se habían quedado restos en las ruedas.
Durante muchos años, cuando había algún mal olor siempre cantábamos la misma canción, recordando aquella situación que, después de todo, fue divertida.
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La foto me la regaló mi amigo Paquito.
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miércoles, 10 de diciembre de 2008
La promesa
De pequeños tenemos conceptos arraigados, ya sea por tradición familiar o por educación. Es el caso de las promesas.Recuerdo que los mayores las ofrecían si mejoraba la salud de algún familiar o si tenían éxito con algún proyecto o gestión importantes.
Algunas personas ofrecían asistir a misa durante tres meses, días tras día. O avanzar de rodillas, en la Basílica del Pino, desde el pórtico hasta postrarse a los pies de la Virgen.
Y así podríamos enumerar numerosas promesas y los distintos motivos que las sustentaban.
Los niños no estábamos ajenos a esta tradición.
Recuerdo que una vez mi amigo Paquito y yo prometimos ir, si aprobábamos el curso, durante los meses de verano, dos veces en semana, hasta una cruz situada detrás de unas montañas.
Cada vez partíamos contentos a cumplir nuestro deber, provistos de un bocadillo y una cantimplora de agua. Después de dos horas de recorrido, llegábamos y rezábamos unas oraciones, y seguidamente nos volvíamos contentos por el deber cumplido.
Una vez hubo desacuerdo con el día en que debíamos ir a la cruz. Yo no quería ir y él se negaba a modificar el plan previsto.
Mi amigo se empeñó tanto que decidió ir solo. Yo no lo creía capaz, pues era un lugar muy lejano y solitario adonde teníamos que ir. Así que partió, pero yo le seguí a la distancia, sin ser visto.
De esta guisa anduvimos todo el camino y cuando llegamos a la cruz me acerqué a saludarle.
-Paquito, te iba siguiendo y tú ni te percataste- le dije.
-Eso crees tú, desde el primer momento vi que me seguías, pero me hice el desentendido- me contestó.
Otra vez prometí ir a misa cada día, de forma consecutiva, durante un mes, por haber aprobado, pero como ésta se decía a las 7 de la mañana, era fácil que me saltara un día, por lo que se invalidaba la serie y tenía que empezar de nuevo.
Como vi que era muy difícil cumplir aquella promesa, le escribí al Papa para que me la perdonara o para que me la conmutara, puesto que yo había leído que él tenía la facultad de hacerlo.
Del Vaticano me contestaron que lo tratara con mi párroco que él me daría la solución.
Me decepcionó la respuesta del Papa.
Al final creo que ni hablé con el párroco, ni cumplí la promesa.
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jueves, 27 de noviembre de 2008
Mi amor platónico
Hay amores que son para toda la vida. Otros que se van quedando en el camino por diversas circunstancias.Yo tuve un amor platónico que marcó mi niñez y mi adolescencia.
Ella era una preciosa niña de ojos azules, tez muy blanca, sonrisa angelical y vestidos de princesa.
Los primeros recuerdos son de sus visitas a mi casa, a jugar con mis hermanas, tal vez tendríamos tres o cuatro años. Lo hacía con frecuencia, pues era una vecina muy cercana. Sin embargo, yo me dedicaba a jugar al fútbol.
A esa edad nos metimos una vez en un armario y, tomados de la mano, nos dimos un besito. Pasó el tiempo y yo vivía para verla, solo de lejos, pues era muy tímido.
A los siete años ella ingresó a mi misma escuela, que era solo de niños, pero su papá, que era el maestro, le cambió el nombre, de María, pasó a llamarse Mario, para que pasara desapercibida en las listas de clase.
Un año más tarde sucedió algo que me podría haber marcado para toda la vida.
En octubre, tiempo después de que habían empezado las clases, después de un largo verano, una mañana temprano, y sin mediar palabra, mi maestro, y padre de mi linda enamorada, me dio una paliza descomunal en la escuela y, para terminar, me puso de rodillas con los brazos en cruz.
Yo no sabía a qué era debido aquella tremenda agresión. Pero todo se desveló tiempo después cuando ella me comentó que se había quejado a su padre de que yo le había "dicho cosas" durante aquel verano. Lo cierto es que yo nunca supe qué fue lo que le dije, dónde, ni cuándo. Ni si fue cierto o no.
La brutal paliza no me dolió, pero me partió el alma que hubiera sido por la intervención de mi amor platónico.
Luego seguimos estudiando juntos en el Instituto de Secundaria y Magisterio. Seguía amándola, escribiéndole poemas que alguna vez los leyó y sabía que eran dirigidos a ella, pero nunca tuve el valor de hablarle y manifestarle mis sentimientos.
Con su padre siempre mantuve una cordial relación, pues el mío fue su socio y me mandaba a su casa a llevarle algo o a darle algún recado. Eso lo aprovechaba para verla y siempre mi corazón latía desbocado. Luego él y yo fuimos colegas de profesión, pero nunca se tocó el tema de la paliza, ni con ella tampoco.
Posteriormente estuve saliendo con algunas chicas y ya se me pasó ese amor tan desatinado hacía la linda niña de ojos azules.
Fue un tiempo precioso, en que entre los poemas, las miradas, el corazón desbocado y el inmenso amor que le profesaba marcaron los primeros años de mi vida.
A pesar del inmenso dolor que supone un amor de esta naturaleza...
¡Fui feliz amándola a la distancia!
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Foto Google
sábado, 22 de noviembre de 2008
Excursión a Los Palmaretes
En aquellos tiempos había un sacerdote en La Aldea de ideas modernas y de carácter abierto y dicharachero, don José Perera.Él había reunido a unos chicos a los que preparaba para entrar en el Seminario. Pensábamos que era un grupo de elite, siempre bien vestidos, y que el cura les invitaba a merendar exquisitos manjares, nunca vistos en nuestras humildes casas.
Un día nos enteramos que se iban de excursión con él a Los Palmaretes, un hermoso palmeral con abundante vegetación, en las afueras del pueblo.
A alguno de mis amigos mayores se le ocurrió que podríamos seguirles, sin ser vistos, y que a la hora de comer les lanzaríamos flechas que se clavaran en el pan. ¡Qué imaginación infantil!
En un hermoso día de verano se reunió el grupo delante de la casa parroquial, a las 4 de la tarde, bajo un sol de justicia, y partieron.
Nosotros les seguimos a prudencial distancia para no ser vistos. Cruzamos El Barrio, el almacén de los Picos, el Molino de Viento y luego subimos la empinada y larga cuesta hasta el lugar elegido.
Cuando ellos llegaron, descansaron un rato charlando y se dispusieron a merendar.
Nosotros nos encontrábamos ocultos en el palmeral, pero no tanto, porque don José nos llamó y nos invitó a participar en el suculento banquete: bocadillos de tortilla, de mortadela, de queso, para tomar había un rico refresco y para terminar unos plátanos que sabían a gloria.
Al finalizar nos despidieron, pues ellos se disponían a realizar una actividad.
Nosotros les dimos las gracias por el trato recibido. Había sido una experiencia inolvidable.
En el camino de vuelta a casa, se me produjo una herida en la planta del pie, ya que mi zapato tenía un agujero.
Cuando llegué compungido a casa, mi madre me lavó bien el pie y me curó, y con cara de pena me dijo:
-Juan Antonio, vete a la Peletería de Manuel “el de la Sociedad”, en La Palmilla, y que te dé unos botines. Y prosiguió- Y que me lo apunte en mi cuenta.
Me dirigí hacia donde me había indicado mi madre. Me probé unos botines maravillosos, de color azul, y salí de allí más contento que unas pascuas, luciéndolos con orgullo.
Había sido un día emocionante con un final muy feliz.
Foto Google
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