
¡Cuánto disfruté cuando niño!
Me pasaba la mayor parte del tiempo jugando y tuve la suerte de tener unos padres maravillosos. Eran personas de paz y de amor, por lo tanto, en nuestra casa reinaba la armonía.
Yo estaba loco por el balón. Siempre que podía, que era casi todo el tiempo, jugaba al fútbol. Parecía que estaba en la gloria cuando jugaba partidos o simplemente acariciaba el esférico como si fuese el más preciado tesoro.
Quería emular a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Kopa...Jugadores del Real Madrid que se paseaban por el Viejo Continente ganando Copas de Europa.
En las tardes que no practicaba fútbol, me reunía con los amigos para jugar al trompo, o peonza. Recuerdo cuando teníamos que recorrer una distancia golpeando con nuestro trompo a otro hasta llegar a la meta. En el recorrido había que salvar profundos charcos, hoyos o pistas polvorientas. Son recuerdos que quedan en el cerebro para siempre.
Otras veces llegaba el tiempo de levantar estampas o cromos, con la palma de la mano.
También jugábamos a la laja de piedra, que lanzábamos hacia un pivote, llamado tángara, que se encontraba a una cierta distancia. Sobre él colocábamos estampas, monedas u otros objetos, y el que quedara con su laja más próxima a ellos sería el ganador.
Por la noche nos gustaba jugar al escondite. Era curioso cómo había niños que podían permanecer mucho tiempo escondidos encima de un árbol o daban una increíble vuelta, para luego aparecer por el lugar menos esperado.
Un juego que me encantaba consistía en hacer un círculo en el que se encontraba una pelota en el centro. Cada uno de los niños había elegido un equipo de fútbol y nos colocábamos al borde del círculo. Al ser nombrado, teníamos que coger la pelota y lanzarla contra alguien que corría para evitar el pelotazo.
Se escuchaba:
-Bayer Munich- y salía a recoger la pelota el niño que había tomado el nombre de ese equipo.
-Real Madrid- y partía raudo otro para intentar darle a algún compañero.
-Oporto...Pum...¡Ah, qué pena, no le di!
Había que golpear a alguien con la pelota para conseguir un punto y los otros evitar que les alcanzaran.
En el juego no se escuchaba que jugaran Pepe, Juan o Andrés. Sólo los nombres de los equipos, conocidos en aquellos tiempos por jugar en la Copa de Europa.
Otro juego divertido era "la cogida" que nosotros llamábamos "carabina", que consistía en que se quedaba uno para ir cogiendo a los demás. El que fuera tocado quedaba eliminado.
Muchos otros juegos aún permanecen en nuestra retina y en nuestro corazón, así como aquellos amigos que nos acompañaron en tan deliciosa época.
Me pasaba la mayor parte del tiempo jugando y tuve la suerte de tener unos padres maravillosos. Eran personas de paz y de amor, por lo tanto, en nuestra casa reinaba la armonía.
Yo estaba loco por el balón. Siempre que podía, que era casi todo el tiempo, jugaba al fútbol. Parecía que estaba en la gloria cuando jugaba partidos o simplemente acariciaba el esférico como si fuese el más preciado tesoro.
Quería emular a Di Stéfano, a Puskas, a Gento, a Kopa...Jugadores del Real Madrid que se paseaban por el Viejo Continente ganando Copas de Europa.
En las tardes que no practicaba fútbol, me reunía con los amigos para jugar al trompo, o peonza. Recuerdo cuando teníamos que recorrer una distancia golpeando con nuestro trompo a otro hasta llegar a la meta. En el recorrido había que salvar profundos charcos, hoyos o pistas polvorientas. Son recuerdos que quedan en el cerebro para siempre.
Otras veces llegaba el tiempo de levantar estampas o cromos, con la palma de la mano.
También jugábamos a la laja de piedra, que lanzábamos hacia un pivote, llamado tángara, que se encontraba a una cierta distancia. Sobre él colocábamos estampas, monedas u otros objetos, y el que quedara con su laja más próxima a ellos sería el ganador.
Por la noche nos gustaba jugar al escondite. Era curioso cómo había niños que podían permanecer mucho tiempo escondidos encima de un árbol o daban una increíble vuelta, para luego aparecer por el lugar menos esperado.
Un juego que me encantaba consistía en hacer un círculo en el que se encontraba una pelota en el centro. Cada uno de los niños había elegido un equipo de fútbol y nos colocábamos al borde del círculo. Al ser nombrado, teníamos que coger la pelota y lanzarla contra alguien que corría para evitar el pelotazo.
Se escuchaba:
-Bayer Munich- y salía a recoger la pelota el niño que había tomado el nombre de ese equipo.
-Real Madrid- y partía raudo otro para intentar darle a algún compañero.
-Oporto...Pum...¡Ah, qué pena, no le di!
Había que golpear a alguien con la pelota para conseguir un punto y los otros evitar que les alcanzaran.
En el juego no se escuchaba que jugaran Pepe, Juan o Andrés. Sólo los nombres de los equipos, conocidos en aquellos tiempos por jugar en la Copa de Europa.
Otro juego divertido era "la cogida" que nosotros llamábamos "carabina", que consistía en que se quedaba uno para ir cogiendo a los demás. El que fuera tocado quedaba eliminado.
Muchos otros juegos aún permanecen en nuestra retina y en nuestro corazón, así como aquellos amigos que nos acompañaron en tan deliciosa época.





